Ser Joven en el campo: Pocas oportunidades y muchas razones para irse

El río que se seca y las gotas que se van

Escrito por: Milena Sepúlveda

Imagina un río que nace entre musgos y piedras, un hilo de agua que cuenta historias en voz baja; la abuela que recuerda cosechas, el muchacho que aprendió a podar de su padre, la muchacha que sabe el nombre de cada pájaro. Ese río es el campo; sus gotas son los jóvenes, vivos, inquietos, con prisa por ser cauce y destino a la vez.

Pero el río está perdiendo fuerza. No porque las gotas no quieran seguir su curso, sino porque los manantiales que lo alimentaban se han cerrado. Trabajo mal pagado y temporal, caminos que se rompen con la primera lluvia, escuelas que no alcanzan a soñar una carrera, la amenaza constante de la violencia y la falta de crédito para sembrar: todo eso es la sequía que empuja a las gotas a buscar otro cauce. Cada año una franja de juventud siente que la ciudad es un mar prometido donde la corriente parece más fuerte; muchas llegan, otras se evaporan en el camino, y el río que queda ya no alcanza a tallar el valle como antes.

No es solo economía; es dignidad. Quedarse en el campo a veces se ve como renunciar, y sin embargo esa mirada borra siglos de saberes; las semillas que guardan memoria, los atajos para curar la tierra, las formas de construir comunidad. Cuando una generación se va, no se lleva solo sus zapatos viejos; se llevan cantos, recetas, nombres de flores que ya nadie mencionará. El silencio que queda huele a pérdida: los corrales más vacíos, las fiestas con menos voces, los días largos sin manos jóvenes para arar, arreglar y reinventar.

Pero no todo es derrota. Donde el Estado y la sociedad colocan recursos —escuelas con rutas seguras, oportunidades de educación técnica y superior en las mismas veredas, créditos y asesoría para emprendimientos rurales, apoyo real a iniciativas de agroturismo y valor agregado—, el río recupera manantiales. Hay experiencias que muestran que, cuando se invierte en formación cercana, en infraestructura básica y en cadenas de valor que pagan lo justo, las jóvenes y los jóvenes vuelven a mirar la tierra no como un destino obligado, sino como una opción digna y creativa. Eso cambia la corriente ya no es huida, sino proyecto.

La migración no es un pecado ni una derrota individual; es una señal. Señala que algo en el cauce está roto. Las gotas no debieran ser forzadas a elegir entre mendigar oportunidades en la ciudad o quedarse en la nostalgia. Necesitan condiciones para quedarse si lo desean, y también para volver si lo intentan; necesitan redes de apoyo, acceso a tecnología, mercados justos y seguridad.

La pregunta crucial no es sólo cuántos se van, sino qué dejamos que se pierda cuando se van. ¿Queremos un campo convertidos en paisaje para postales, sin jóvenes que lo trabajen y lo reinventen? ¿O queremos un campo que sea fuente de vida y conocimiento, con jóvenes que aporten innovación sin perder la memoria de la tierra?

A los jóvenes les corresponde decidir, pero no deben decidir con la mesa vacía. A los que gobiernan y a quienes toman decisiones colectivas les corresponde abrir los manantiales presupuestos que lleguen, políticas coherentes, apoyo técnico que no sea paternalista, crédito accesible, educación pertinente y condiciones de seguridad. A la sociedad le toca reconocer el valor del trabajo rural y dejar de ver el campo como una etapa que se abandona para «triunfar» en la ciudad.

El río necesita manos que aprendan nuevas técnicas y cuiden viejas verdades; necesita jóvenes que sepan usar un teléfono para vender y al mismo tiempo reconozcan la temporada de siembra. Necesita que la cultura local deje de verse como estorbo y empiece a verse como fuente de creatividad económica, cadenas cortas, alimentos con historia, turismo comunitario, arte y saberes que viajan de mesa en mesa.

Al final, la metáfora es sencilla, cuando hay agua, el río corre y alimenta; cuando no, se seca y deja un cauce muerto. No dejemos que el campo se convierta en lecho de memorias. Regar el río no es una caridad es una inversión para que el país respire, para que los jóvenes no tengan que arrancarse como gotas buscando un mar que quizá no los reconozca.

Que las políticas, las empresas locales y la ciudadanía trabajen como si cada gota importara. Porque cada gota que se pierde es una posibilidad menos de futuro para todos. ¿Construimos manantiales o esperamos a que el río solo recuerde lo que fue?

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