Lo que el campo nos enseñó…

Por: Leni Viviana Murcia Naranjo

Hoy quisiera recordar la importancia de la crianza campesina, quisiera volver, aunque sea por un rato, a ese café que olía todas las mañanas antes de que amaneciera del todo. Todavía puedo cerrar los ojos y sentir cómo ese aroma se mezclaba con el humo del fogón de leña, con el canto de los gallos y con el frío que se colaba por debajo de la puerta. Era imposible quedarse dormido. La casa despertaba mucho antes que el sol.

En las familias campesinas uno aprendía sin darse cuenta. Nadie se sentaba a dar lecciones sobre valores. Los valores estaban en las cosas pequeñas. Estaban cuando mi abuela partía el último pedazo de queso en tantos trozos como personas hubiera en la mesa, aunque para ella quedara el más pequeño. Estaban cuando mi abuela decía que primero había que darle de comer a las gallinas y a los perros porque «ellos también madrugaron». Estaban cuando alguien llegaba sin avisar y, sin preguntar si había suficiente comida, aparecía un plato más sobre la mesa. En el campo nunca escuché decir: «No alcanza». Siempre escuché: «Corran un poquito la banca, que donde comen cuatro comen cinco».

Recuerdo también que los domingos no olían a centros comerciales. Olían a tierra recién mojada, a cilantro cortado de la huerta y a sancocho cocinándose despacio mientras algún tío arreglaba un alambre, otro afilaba el machete y los niños corríamos detrás de las mariposas creyendo que el mundo terminaba donde acababa el potrero. Nadie hablaba de productividad, pero todos trabajaban. Nadie hablaba de sostenibilidad, pero nadie desperdiciaba una gota de agua ni un grano de maíz.

Las manos de la gente del campo tienen una manera distinta de contar la historia. Son manos agrietadas, curtidas por el sol, pero también son manos que saben acariciar un ternero recién nacido, sembrar una mata de tomate con el mismo cuidado con el que se arropa a un niño o preparar una aguapanela caliente para quien llega cansado del camino. Esas manos enseñan que el trabajo nunca ha sido un castigo cuando se hace con amor y con la esperanza de alimentar a otros.

Hay una escena que todavía se repite en muchos rincones de Colombia y que siempre me conmueve. Una familia termina de recoger la cosecha y, antes de venderla, aparta una canasta para la vecina viuda, otra para el compadre enfermo y otra para el hijo que vive en la ciudad y hace meses no vuelve. No sobra. Nunca sobra. Pero siempre hay algo para compartir. Esa es una riqueza que difícilmente cabe en las estadísticas.

A veces pienso que el país habla del campesino únicamente cuando recuerda que produce los alimentos. Y sí, produce el café que tomamos, la papa, el arroz, las frutas, la leche. Pero produce algo mucho más valioso y de lo que casi nunca hablamos: produce formas de cuidar. Produce personas que entienden que la palabra vale, que la familia no se abandona, que un vecino no es un extraño y que la naturaleza no es una mercancía, sino una compañera de vida.

Quizá por eso me preocupa que muchos niños crezcan creyendo que la leche nace en una caja y que el café aparece por arte de magia en una taza. Detrás de cada desayuno hay alguien que se levantó cuando todavía era de noche, que caminó entre el barro, que soportó el frío o el verano y que volvió a sembrar incluso después de perder una cosecha.

La crianza campesina no solo nos enseñó a trabajar la tierra. Nos enseñó a mirar a los ojos cuando saludamos, a dar las gracias antes de levantarnos de la mesa, a compartir incluso cuando hay poco y a entender que la verdadera abundancia nunca estuvo en tener más, sino en necesitar menos para ser felices.

Quizá por eso, cada vez que el aroma de un café recién colado llena una cocina, siento que los abuelos vuelven por un instante. No para quedarse, sino para recordarnos, con la sencillez de las cosas importantes, que un país no se sostiene únicamente por sus ciudades. También se sostiene por esas casas de campo donde, sin saberlo, se sigue cultivando la cosecha más difícil y más hermosa de todas: la de los buenos seres humanos.

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