Escrito por: Juan Camilo Reyes Marfoi
Durante años, cada vez que se habla de hip hop aparecen los mismos prejuicios. Hay quienes lo asocian únicamente con la rebeldía, el consumo de drogas o los problemas de los barrios populares. Para algunos, los jóvenes que usan ropa ancha, improvisan rimas o pintan murales son vistos como una descomposición social. Aun así, pocas veces se intenta comprender qué hay detrás de sus mundos, pues esta expresión cultural ha logrado conectar a millones de personas en el mundo que hasta hace pocos años apenas damos algo de valor a este tremendo arte.
Reducir el hip hop al «arte de los marihuaneros» es tan absurdo como afirmar que toda la música llanera habla únicamente de caballos o que toda la literatura trata sobre amor. El hip hop es mucho más que un género musical. Es una forma de contar la realidad, de expresar sentimientos, de denunciar injusticias y de construir comunidad.
Las letras de rap suelen convertirse en una especie de periódico de los barrios. (De las historias de los chinos y las chinas que les ha tocado duro, que han tenido una historia compleja desde sus familias, hasta el entorno que les rodea, esas son las historias de los barrios populares, pero ¡ojo! no todo es malo.) Allí aparecen historias de pobreza, desigualdad, exclusión, violencia, discriminación y abandono estatal. También aparecen sueños, esperanzas, amistades, luchas familiares y proyectos de vida. Muchos jóvenes encuentran en la escritura una forma de transformar experiencias difíciles en arte. Que es lo que nos debería de enorgullecer. Lo que para algunos es simplemente una canción, para otros representa una manera de hacerse escuchar en una sociedad que pocas veces presta atención a sus voces y a sus historias de vida.
En los Llanos Orientales esta realidad no es diferente. Durante décadas la región estuvo marcada por distintos procesos de transformaciones socio-culturales, por la llegada de la industria petrolera, por los procesos migratorios y por las huellas que dejó el conflicto armado. Muchos jóvenes crecieron escuchando y viviendo historias desgarradoras sobre la guerra, el desplazamiento, las desigualdades y las dificultades para encontrar oportunidades. El hip hop se convirtió entonces en un espacio para reflexionar sobre esas experiencias y para expresar aquello que muchas veces no encuentra lugar en los discursos oficiales o los modelos que no encajan en sus formas de vida.
Las rimas permiten hablar de la violencia sin reproducirla. Permiten cuestionar las injusticias sin recurrir a las armas. Permiten transformar el dolor en palabra y la inconformidad en reflexión. En ese sentido, el hip hop cumple una función social que pocas veces es reconocida. Mientras algunos ven un grupo de jóvenes improvisando en un parque “que no hacen nada más”, otros encuentran allí una escuela de liderazgo, creatividad y participación ciudadana frente a las dificultades de su existencia.
Resulta curioso que parte de las críticas hacia el hip hop provengan de una parte de la población de la sociedad llanera que siempre reconoció el valor de la improvisación como una de sus expresiones culturales más importantes. Mientras el compositor criollo le canta a las mujeres, al paisaje, a los ríos, a los caballos o a la vida del sabanero, muchos jóvenes utilizan la rima para hablar de lo mismo, o de la desigualdad, oportunidades, violencia, identidad, educación y futuro. Ambos parten de la palabra como herramienta para interpretar el mundo sea cual sea su composición o ritmo.
La comparación resulta inevitable. El contrapunteo llanero y el freestyle comparten la rapidez mental, el dominio del lenguaje, la creatividad y la capacidad de construir versos en cuestión de segundos. Cambian los ritmos, cambian los escenarios y cambian los temas, pero permanece la esencia misma, la palabra convertida en arte, eso no tiene distinción. Por eso, más que una expresión ajena a la cultura llanera, el hip hop representa una re-interpretación de esa misma tradición oral que durante generaciones encontró en la copla y el contrapunteo una forma de narrar la realidad. Es el Llano expresándose con nuevos lenguajes. Es la cultura transformándose sin perder su capacidad de contar historias, denunciar problemas y construir identidad.
El hip hop también es una posición de lo político, aunque no necesariamente política partidista. Es política porque invita a pensar la realidad, a cuestionar las desigualdades y a debatir sobre el tipo de sociedad que queremos construir. Cada vez que una canción habla sobre corrupción, exclusión, violencia o derechos humanos, está realizando una crítica social. Cada vez que un artista cuenta la historia de su comunidad, o de su vida misma, está ejerciendo una forma de participación pública.
Por eso el hip hop no divide; por el contrario, muchas veces une. Construye tejido social entre jóvenes que encuentran espacios de encuentro alrededor de la música, el baile, el grafiti y la improvisación. Allí se fortalecen amistades, se crean redes de apoyo y se generan procesos culturales que ofrecen alternativas frente a la violencia y la exclusión. Ese es el verdadero progreso; la cultura, el arte y las formas distintas de ser y estar. Donde algunos ven un problema, otros encuentran una oportunidad para construir pueblo.
Además, detrás de cada rapero existe una habilidad que pocas veces se valora. Escribir letras exige creatividad, lectura, capacidad de análisis, manejo del lenguaje y sensibilidad frente a la realidad. Improvisar requiere memoria, rapidez mental, capacidad argumentativa y dominio de las palabras. Son talentos que deberían ser reconocidos con la misma seriedad con la que se reconoce a un músico, un escritor o un artista tradicional.
Quizás el mayor error es observar el hip hop desde la distancia y desde el prejuicio. Se juzga la apariencia antes de escuchar el mensaje. Se critica la forma antes de comprender el contenido. Pero, cuando se escucha con atención, aparecen relatos sobre la vida diaria, los problemas colectivos y las esperanzas de quienes habitan las veredas, los corregimientos o el pueblo.
El hip hop no es el arte de los “marihuaneros”. Es una manifestación cultural que expresa realidades, construye identidad y genera reflexión. Es una herramienta para narrar el mundo desde abajo, desde los barrios, desde las periferias y desde las experiencias de quienes muchas veces no tienen micrófono. En una sociedad que necesita dialogar más y juzgar menos, quizás el verdadero modelo no sea cambiar el hip hop, sino aprender a escucharlo.
Dedico este artículo a tres grandes amigos artistas del género del hip hop en Paz de Ariporo, Casanare; Paradigma Kunai (Juan Fernando Villarreal Reina), DC Rap (Deiver Adolfo Cachay Navas) y Aka Psykho MC (Jhonangel Oswaldo Dicenso Álvarez). Sin ustedes no sería posible inspirarme para escribir estas líneas. Gracias por compartir conmigo sus historias, sus luchas y su amor por el arte. En sus vivencias y en su manera de comprender el mundo encuentro una fuente de inspiración para valorar nuestra tierra, nuestra cultura y la fuerza creadora que habita en el Llano.
