La Mona y el querubín

Escrito por: Luis Carlos Cepeda

En las fronteras colombianas con otros países o en el aeropuerto El Dorado, en lugar de un letrero con las palabras «Bienvenido a Colombia», debería ir esta frase de Truman Capote: No hace falta estar loco para vivir aquí, pero facilita las cosas. Node otra manera podría explicársele al mundo, y a nosotros mismos, cómo le hacemos a diario para lidiar con nuestra realidad tan folclórica, absurda, sangrienta y desigual.

Hola. Para esta entrega, el libro reseñado contiene bastante lenguaje bíblico, lluvias torrenciales y gente pobre. Con él, además de reírse con agrado, aprenderá sobre ángeles, hará una inmersión en las barriadas bogotanas y presenciará, como dice su autora, ese sentimiento fuerte de desprotección que llevamos todos los colombianos. Bienvenidos a Dulce compañía, de Laura Restrepo.

Esta es la historia de la Monita, una reportera de la revista Somos a la que nunca le conoceremos su nombre de pila. Ella es enviada por su jefe a un barrio marginado de Bogotá a redactar un artículo sobre la supuesta aparición de un ángel. El encargo no le agrada mucho, aparte de estar cansada de escribir frivolidades para la revista, considera los asuntos religiosos como esas típicas historias de gente supersticiosa y de bajos recursos. Pero la orden del jefe es clara, así que acepta sin protestar.

En medio de un fuerte aguacero, la Mona llega hasta las faldas del barrio Galilea, ubicado en una loma que parece ir al cielo. Inicia su investigación en la parroquia del barrio, donde es recibida de forma arisca por el padre Benito, que se indispone al ser indagado sobre el supuesto ángel. La Mona sigue su recorrido y entra a una tienda llamada La Estrella. Allí, tras conversar con los dueños del negocio, le es asignada la compañía de Orlando, un pequeño que la guiará a su siguiente destino.

Mientras caminan loma arriba, Orlando le revela detalles sobre el ángel a la reportera, quien se sorprende al escuchar que no es una aparición o una estatua como ella creía, sino un ser de carne y hueso. Tan real es que hasta tiene mamá, «como todo el mundo»; se llama Ara. En cambio, no tiene nombre y tampoco habla; bueno, sí habla, pero otras lenguas, nada de Spanish.

Empapados hasta el alma, la Mona y Orlando llegan a una casa en obra negra bastante humilde y con fuerte olor a sahumerios. Adentro, dirigidos por sor María Crucifija, líder de la junta que administra el ángel —porque sí, el Ángel de Galilea tiene su propio staff—, un grupo de mujeres y peregrinos reza el rosario de rodillas. Aquí la Mona, aparte de ser obligada a rezar el rosario, es instruida para visitar la morada del ángel, un paraje a diez minutos de la casa, conocido como las Grutas de Bethel.

Incrédula y un poco decepcionada, la periodista comienza a creer que sus sospechas son ciertas, que ese cuento del ángel es una farsa, una patraña de algún vivaracho para enredar a la gente y sacarle unos pesos. Sin embargo, preocupada porque aún no tiene material para el artículo, decide continuar la travesía en dirección a la montaña.

Luego de las indicaciones de sor Crucifija para entrar a lo que ella llama «Tierra Santa» —que cantar el trisagio[1], que quitarse los zapatos, que hablar así, que caminar asa— penetran una oscura y húmeda cueva, iluminada tan solo por la linterna de Crucifija. Avanzan unos cuantos pasos y la líder de la junta les ordena detenerse y aguardar allí. La espera en esa oscuridad pone nervioso al grupo, que apunta del trisagio, intenta ahuyentar los extraños ruidos de la cueva. El tiempo se detiene en aquel lugar tan irreal, entonces, sin presentación previa, su presencia se materializa, se hace carne. La Mona lo ve, y lo siente, y a pesar de ser un hombre, reconoce que no pertenece a este plano.

Como les mencioné con anterioridad, el ángel no habla nuestro idioma. Sin embargo, puede expresarse en lenguajes más universales, como el del amor, en el que, valga la pena decirlo, se desenvuelve muy bien. Tan bien lo hace, que en medio de aquella oscura gruta, supongo en una incomodidad terrible, le hace saber a la intrépida reportera que para llegar al cielo primero se debe pecar. Y ella le cree, con su cuerpo y con su ser, le cree.

La historia continúa con más lluvias intensas, hospitales psiquiátricos, procesiones multitudinarias y curas negacionistas de los inescrutables designios del Señor. Y por supuesto, el ascenso del ángel.

«Colombia es el país del mundo donde más milagros se dan por metro cuadrado —comenta la Mona—. Bajan del cielo todas las vírgenes, derraman sangre los cristos, médicos invisibles operan apendicitis… Tenemos línea directa con el más allá». Supongo que se debe en parte a nuestra permanente sensación de abandono, a esa imperiosa necesidad de hallarle respuesta a todo, así sea en las manifestaciones más etéreas y abstractas.

Parece irracional tanta religiosidad y superstición, pero como nos ha mostrado Laura Restrepo en varias de sus obras, somos una sociedad delirante, enajenada. Enajenada al dolor, a la nostalgia, al amor, a todo aquello que nos haga sentir bien. Y en especial, a aquello que nos permita saber que no estamos solos.

Dulce compañía no es una mofa a la religión, es quizás el recordatorio de las muchas realidades que vive este país. Con ironía y desparpajo, Restrepo nos narra esa Colombia devota, llena de fe y creencias religiosas, que resiste a la marginalidad y a la tragedia a punta de rezos y cantos sagrados. También, nos muestra cómo, ante la ausencia histórica de quienes por mandato terrenal deben protegernos, muchos optan por aferrarse a lo divino, a esa atractiva promesa de redención eterna. Qué más da si es en la otra vida o de la mano de un ángel de carne y hueso.


[1] Cantos seráficos en honor de la Santísima Trinidad, donde se repite la palabra «Santo» tres veces.

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