Bloguera: Laura Mora
Hace algunos meses comenzó la euforia del chigüiro en redes sociales. De pronto, este animal apareció en todas partes: reels, TikToks, memes. Y no es para menos. Se trata de una especie fascinante que nos enseña mucho sobre la convivencia entre especies dentro de un mismo ecosistema. Basta observar cómo puede compartir espacio, incluso el mismo metro cuadrado de agua, con animales tan imponentes y territoriales como caimanes o cocodrilos, a veces incluso posandose descaradamente sobre ellos. Su tranquilidad y carácter pacífico, además de su innegable belleza, lo han convertido en un símbolo entrañable en todo el planeta.
Podría extenderme más sobre el chigüiro, pero el punto central no es el animal en sí, sino lo que este fenómeno revela: el impacto cultural de consumir y reproducir contenido sin cuestionarlo. Hoy lo vemos nombrado como “capibara” en espacios donde históricamente lo hemos llamado chigüiro, especialmente en los llanos colombo-venezolanos. En este caso, por sumarnos a una tendencia global, hemos comenzado a ceder algo más que una palabra: cedemos historia, identidad y formas de nombrar el mundo como nuestras abuelas y abuelos nos lo enseñaron. El fenómeno de la pérdida lingüística, ejemplificado en el caso del chigüiro, no es un hecho aislado. Lo mismo ha ocurrido con otros animales y expresiones: el güío o guibo ahora es “anaconda”; la piraña, que nuestros padres y abuelos conocían como “caribe”, ha perdido su nombre local; el cachicamo se diluye frente al “armadillo” e incluso en el lenguaje cotidiano, ya no decimos que alguien está “amanecido”, sino “enguayabado”.
Las transformaciones también atraviesan la forma en que nos nombramos entre nosotros. “Pariente”, una palabra cargada de cercanía y comunidad en la llanura, ha sido desplazada, salvo en contextos rurales, por términos como “parce”, “parcero” o, incluso por una palabra aún más genérica como “amigo”. Poco a poco, palabras como “paujil” dejan de ser reconocidas, no por desconocimiento de la fauna, sino porque ya no identificamos el término. Y quizá, en un par de generaciones, tampoco sepamos qué significa comer “pisillo”.Cada vez más, sustituimos nuestras palabras por otras más urbanas, más centralizadas y, sobre todo, más extranjeras. Como si hablar como hablaban nuestras abuelas y abuelos pesara, y pesara para mal ¿Nos está dando vergüenza, o incluso cringe, usar el lenguaje de nuestras propias familias?
Entre el auge del minimalismo y la rápida globalización impulsada por las redes sociales, hemos ido banalizando la riqueza de nuestras costumbres lingüísticas, homogeneizándonos cada vez más. Pronto nos pareceremos más entre todos, y aunque eso no es necesariamente negativo, el costo puede ser alto: perderemos acentos, las palabras propias, las diferencias que, justamente, son las que enriquecen la cultura entre los pueblos.
La cultura no se preserva únicamente a través de libros o de la memoria abstracta de las tradiciones. También se sostiene en lo cotidiano, en las palabras que usamos, en las formas en que nombramos lo que nos rodea, en revivir en nuestra cotidianidad aquello que escuchábamos en la casa de la abuela. Defender la cultura también implica habitarla incluso con nuestras voces. Se trata, entonces, de lograr que nuestra generación, y las que vienen no solo reconozcan qué es un chigüiro sino que sepan a qué nos referimos cuando les pedimos, como un simple mandado, que vayan donde el pariente de la casa de al lado por unos marañones y una chicha de unama que nos guardaron, y que entren con confianza porque el perro es bien mansito.
Hoy la tarea para quienes nos leen es sencilla: durante esta semana, elijan al menos una palabra que escuchaban en casa o que decía su abuela, y tráiganla de vuelta a su cotidianidad. Úsenla, compártanla, déjenla circular, para que otras personas, quizá por primera vez, puedan conocerla y hacerla suya aunque sea una vez en su vida. En esas palabras viven nuestros recuerdos y las vidas de nuestras familias. Recordemos que nombrar es pertenecer pues cada palabra habita una historia que vale la pena conservar.