Escrito por: Milena Sepúlveda
Allí el tiempo no pasaba,
solo se hacía hondo.
Sus arrugas y canas no anunciaban el final;
eran la prueba de que la vida
había decidido arraigarse.
Su cabello largo guardaba los años,
como la tierra guarda el agua,
donde el tiempo no se evapora.
Sus ojos pequeños
eran la expresión más bonita del amor.
En ellos el cansancio y la duda encontraban asiento
y el mundo, por un instante,
dejaba de doler.
Servir fue su forma de existir.
Daba fruto como el campo:
sin cansancio,
sin vaciarse.
Cuando me dormía,
sus palmadas marcaban el pulso exacto
con el que la noche aprende a mansarse.
Yo descansaba
porque su cuerpo sabía
cómo detener el mío.
“Sintalona”:
palabra que se volvió conciencia,
palabra que caía a la razón
como cae una verdad.
Su cuerpo fue territorio pensante,
fe encarnada y memoria que sigue viva.
Así fue ella como un farolito que puso mi Dios, para que alumbrara las noches calladas de este pueblo viejo de mi corazón.