Turismo, gentrificación y el espejismo del viaje

Escrito por: Nicolás Reyes

Muchos colombianos hemos sido testigos del acelerado y, en ocasiones, abrupto cambio que han experimentado numerosos municipios y ciudades del país en los últimos años. Quienes trabajan en el sector turístico suelen señalar dos momentos clave para entender este fenómeno: la firma del acuerdo de paz en 2016 y el periodo posterior a la pandemia de COVID-19. Ambos hitos coincidieron con un notable aumento del turismo nacional e internacional, lo que transformó significativamente múltiples territorios.

Sin embargo, este proceso no ha sido homogéneo. Regiones como la Orinoquía o la Amazonía no han experimentado el mismo crecimiento turístico que zonas como el Caribe colombiano. Precisamente por ello, resulta fundamental observar las dinámicas que ya se han desarrollado en algunos territorios para comprender tanto las oportunidades como las tensiones que este fenómeno puede generar en el futuro.

El turismo ha representado, sin duda, una importante bonanza económica para diversos sectores de la sociedad colombiana. La llamada economía de los viajes ha abierto oportunidades de ingreso y dinamización económica para comunidades que históricamente han estado marginadas de los circuitos formales de desarrollo. No obstante, este crecimiento también ha traído consigo importantes desafíos sociales y ambientales. Entre ellos, uno de los más discutidos en la actualidad es el fenómeno de la gentrificación.

De manera general, la gentrificación se define como el proceso mediante el cual un espacio urbano o territorial, históricamente habitado por comunidades de menores ingresos, es transformado a partir de la llegada de inversión y población con mayor capacidad económica, lo que termina generando el desplazamiento progresivo de la población original. Aunque en el debate público este fenómeno suele asociarse directamente con el turismo, lo cierto es que se trata de un proceso más amplio que también se ha manifestado en numerosos barrios de grandes ciudades del mundo, donde antiguos sectores marginados se transforman en enclaves culturales y residenciales para clases medias y altas.

En este sentido, resulta simplista atribuir la gentrificación exclusivamente a la figura del turista. El problema no radica únicamente en quienes viajan, sino en la lógica económica que estructura la industria turística contemporánea. En gran medida, esta lógica está determinada por dinámicas de mercado que incentivan la especulación inmobiliaria, la transformación del espacio urbano y la conversión de la vivienda en un activo financiero antes que en un derecho social.

La evidencia de este fenómeno puede observarse cuando numerosos viajeros afirman que pueden permitirse vivir o pasar largas temporadas en ciertos destinos precisamente porque el costo de vida resulta más bajo que en sus lugares de origen. Esta diferencia de poder adquisitivo, amplificada por plataformas de alojamiento y por la liberalización del mercado inmobiliario, genera presiones directas sobre los precios de la vivienda y sobre las economías locales.

Desde esta perspectiva, la gentrificación no puede comprenderse únicamente como una consecuencia del turismo, sino como un fenómeno profundamente vinculado a las dinámicas del capitalismo contemporáneo. La lógica del mercado, en ausencia de regulaciones adecuadas, tiende a privilegiar la rentabilidad económica por encima de la estabilidad social de las comunidades.

Sin embargo, esto no implica que el individuo carezca de responsabilidad. Existen formas de viajar que pueden contribuir a mitigar los efectos negativos de este proceso. Optar por consumir en pequeños comercios locales, apoyar emprendimientos comunitarios o priorizar servicios gestionados por residentes del territorio son decisiones que permiten que los beneficios económicos del turismo permanezcan en la comunidad anfitriona.

Mi experiencia reciente en Santa Marta y el departamento del Magdalena ilustra, de manera paradójica, algunas de estas tensiones. En zonas de la Sierra Nevada donde el Estado ha tenido una presencia limitada, actores armados han asumido funciones de control territorial. Aunque esta situación es profundamente problemática desde una perspectiva democrática, también evidencia cómo ciertos actores locales han establecido mecanismos informales para regular la inversión externa, otorgando mayores facilidades a residentes locales y estableciendo barreras económicas para inversionistas externos. Este tipo de dinámicas, aunque surgidas en contextos de ausencia estatal, reflejan la necesidad de algún tipo de regulación frente a las presiones del mercado. (sobre esto planeo escribir muy pronto)

La teoría política clásica ya advertía sobre estos dilemas. Como señalaba Thomas Hobbes, el orden social requiere de una autoridad capaz de regular los intereses individuales para evitar que la competencia descontrolada termine perjudicando al conjunto de la sociedad. En el contexto actual, esa función debería recaer en instituciones estatales sólidas que regulen el mercado turístico y garanticen derechos básicos como el acceso a la vivienda.

En este sentido, políticas públicas orientadas a regular plataformas de alquiler turístico como Airbnb o Booking.com, controlar los precios del alquiler y garantizar el acceso a la vivienda pueden constituir herramientas fundamentales para mitigar los efectos de la gentrificación.

No obstante, el debate sobre el turismo no puede limitarse únicamente a su dimensión económica. En las últimas décadas, viajar se ha convertido también en un poderoso símbolo de estatus social. Las redes sociales han reforzado una lógica en la cual los destinos visitados funcionan como indicadores de capital cultural y distinción social. Así, el viaje deja de ser únicamente una experiencia de aprendizaje o intercambio cultural y se transforma en un marcador de prestigio.

Paradójicamente, muchos de estos viajes reproducen dinámicas de aislamiento cultural: turistas que visitan destinos lejanos pero interactúan principalmente con otros turistas, consumen espacios diseñados para extranjeros y regresan a sus lugares de origen afirmando haber experimentado la “cultura local”.

Esto no significa que viajar carezca de valor. Por el contrario, conocer otras sociedades puede ser una poderosa herramienta para cuestionar nuestras propias estructuras sociales y ampliar nuestra comprensión del mundo. Sin embargo, el sentido del viaje depende en gran medida de la forma en que se realiza: puede ser una experiencia de aprendizaje y encuentro, o simplemente una práctica de consumo más dentro de una economía globalizada de experiencias.

En última instancia, el turismo contemporáneo refleja muchas de las tensiones del mundo globalizado: movilidad creciente, desigualdades económicas persistentes y una economía cada vez más orientada hacia la producción de experiencias. Frente a este panorama, la discusión sobre la gentrificación no debería centrarse únicamente en la figura del turista, sino en las estructuras económicas y políticas que condicionan la forma en que viajamos y habitamos los territorios.

Viajar seguirá siendo una práctica profundamente humana. La cuestión, entonces, no es si debemos hacerlo o no, sino cómo hacerlo de una manera que respete a las comunidades locales, reduzca nuestro impacto y contribuya a construir formas más justas de habitar el mundo.

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