Maternidades que sostienen sin ser sostenidas

Bloguera: Laura Mora

El 10 de mayo se celebró el Día de la Madre. Actualmente, esta fecha suele estar marcada por reuniones familiares, compras, regalos, llamadas y recuerdos. No todas las personas tienen a sus madres cerca; algunas ya no están vivas y otras ni siquiera pudieron conocerlas. Hay tantas maternidades como historias y personas.

En nuestras regiones llaneras, la figura de la madre es mucho más amplia y profunda que las imágenes repetitivas y banales de frases o memes que suelen circular en estas fechas. De hecho, esas imágenes que supuestamente “nos recuerdan a las mamás” pocas veces me hacen sentido. La maternidad que ejercieron mis abuelas, mi mamá, mis tías, mis primas y mis vecinas tiene muy poco de cliché.

En nuestra región, las mujeres ejercen una maternidad inmensa. Siempre las he visto con un corazón firme y grande como las sabanas del llano. El paisaje de nuestros territorios también refleja a quienes lo habitan: la persona y el territorio terminan por entrelazarse hasta volverse uno solo. Así ocurre con la diversidad y belleza de la maternidad de las mujeres llaneras.

La mujer llanera está llena de historias, de amabilidad, de dulzura y de tenacidad. En nuestros territorios es común ver a una mujer maternando no solo a las y los hijos que engendró, sino también a otras personas que se fueron sumando a su familia: hijos de trabajadores de la finca, vecinas, amistades o integrantes de la comunidad. Pensar en una madre llanera es pensar en una maternidad rural, semirrural y profundamente comunitaria.

Recuerdo cómo mi abuela cuidó a casi una veintena de niños: algunos eran sus hijos, otros eran hijos de sus hijos y varios más eran hijos de amigos y antiguos vecinos de cuando vivía en la finca. Cuando se mudó al pueblo, muchas familias le pedían que cuidara a sus hijos porque en las zonas rurales no había bachillerato. Entonces ella los acogía durante años mientras terminaban su ciclo escolar. A todos los cuidaba, alimentaba y amaba por igual.

Era una mujer de temperamento fuerte y profundamente trabajadora. Divorciada y luego viuda, enfrentó esas realidades en los años setenta con enorme valentía. Como pudo, sacó adelante a un montón de “pelados”, como ella les decía con cariño. Más adelante, ya siendo mayor, siguió cuidando nietos, vecinos, amistades y niños de otras familias. En sus cuidados cabíamos muchos.

Con el tiempo comprendí que, aunque su historia era especial, también se repetía en sus vecinas, en mis tías y en muchas mujeres de territorios semirrurales y de pueblo. Estas maternidades se desarrollaron en regiones que también han cambiado profundamente con el paso de las décadas. En 1970, el 42 % de la población colombiana vivía en zonas rurales, mientras que para 2024 esta proporción descendió al 21 %. La reducción de la población rural ha ido acompañada de una creciente invisibilización de quienes habitan y sostienen estos territorios. Por eso, en este texto queremos recordar no solo su existencia, sino también las labores que continúan realizando las más de 65.901 mujeres campesinas residentes en zonas rurales de la región Orinoquía-Amazonía (una cifra de 2022 publicada por el DANE en su informe de ruralidad de 2025).

Estas cifras evidencian que mi abuela no era la excepción; más bien era el reflejo de las maternidades aguerridas de la región. Mujeres que maternaron y siguen maternando en el campo o en el pueblo mientras trabajan de sol a sol, casi siempre con apoyos insuficientes y dentro de territorios donde cuidar implica enfrentar enormes dificultades cotidianas. Muchas veces dejaron de comer ellas mismas para que las vidas más pequeñas pudieran crecer con la esperanza de alcanzar una vida más justa.

Ejercer la maternidad en zonas rurales y semirrurales sigue siendo una tarea profundamente compleja. Muchas mujeres enfrentan limitaciones en el acceso a servicios de salud, barreras geográficas, vías en mal estado y una presencia estatal precaria. En numerosos territorios, las maternidades transcurren sin guarderías, sin escuelas cercanas y sin acompañamiento especializado durante el embarazo o el parto. En ocasiones, incluso acceder a un centro médico implica recorrer largas distancias por carreteras destapadas.

Por eso, no podemos romantizar maternidades que históricamente tuvieron que ejercerse dentro de esquemas de cuidado profundamente desiguales, donde ellas cuidaban mientras pocas veces eran cuidadas. Pero sí vale la pena reconocer que venimos de una generación de mujeres que, con las uñas, construyeron maternidades más comunitarias como respuesta a la ausencia de apoyos estatales y a la limitada corresponsabilidad de muchos hombres en las tareas de cuidado.

Esas maternidades amplias, valientes y generosas parecen cada vez menos comunes. Quizás no porque hayan desaparecido, sino porque la migración hacia las ciudades las ha ido invisibilizando. Entre el cemento, las prisas y los ritmos acelerados de la vida urbana, la comunidad se vuelve más difícil de construir y sostener.

Sin embargo, esas maternidades aún resisten. Todavía existen mujeres que sostienen comunidades enteras desde el cuidado, el afecto y las redes de solidaridad que tejen cotidianamente entre ellas mismas, en medio del abandono estatal y de esquemas de cuidado donde la corresponsabilidad masculina sigue siendo limitada por desigualdades estructurales, migración laboral y patrones culturales profundamente arraigados.

A quienes migramos a las manchas urbanas nos queda preguntarnos cómo devolvemos algo a tantas maternidades que sostienen silenciosamente los esquemas de trabajo, las economías familiares y buena parte de la vida social que habitamos todos los días. Porque, aunque cada vez estemos más lejos del campo y del pueblo, a las ciudades siguen llegando las frutas, las verduras y los lácteos que consumimos cotidianamente; y detrás de esa comida que aparece en nuestras mesas y de esa ensalada que comemos en el piso más alto de un edificio, hay mujeres que continúan ejerciendo maternidades en condiciones difíciles para que la vida urbana pueda sostenerse.

Las mujeres rurales no solo cuidan a sus propios hijos y a los niños de sus comunidades; también sostienen, de manera indirecta, la vida de quienes habitamos las ciudades. Hoy, el 79 % de la población colombiana vive en zonas urbanas y depende de su contribución al trabajo agrícola para garantizar la alimentación cotidiana. Sin embargo, gran parte de ese esfuerzo permanece invisibilizado, incluso cuando resulta indispensable para el funcionamiento de la vida contemporánea.

Referencias

Instituto Colombiano de Bienestar Familiar [ICBF]. (2021). Maternidades y paternidades en la ruralidad. Mis manos te enseñan. https://www.icbf.gov.co/mis-manos-te-ensenan/maternidades-y-paternidades-en-la-ruralidad

Banco Mundial. (s. f.). Población rural (% de la población total) – Colombia. Datos del Banco Mundial. https://datos.bancomundial.org/indicador/SP.RUR.TOTL.ZS?locations=CO 

Ministerio de Salud y Protección Social. (2018). Plan nacional de salud rural. Gobierno de Colombia. https://www.minsalud.gov.co/sites/rid/Lists/BibliotecaDigital/RIDE/DE/PES/msps-plan-nacional-salud-rural-2018.pdf 

Departamento Administrativo Nacional de Estadística [DANE]. (2025). Demografía rural en Colombia. https://www.dane.gov.co/files/investigaciones/poblacion/informes-estadisticas-sociodemograficas/Demografia-Rural-Colombia-2025.pdf

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