Bloguera: Leni Murcia Naranjo
Si me siguen en estas andanzas, saben que me encanta sumergirme en el alma de Colombia, pero esta vez, mi viaje a Paz de Ariporo – Casanare, para el Día del Campesino, fue una inmersión que solo puedo describir como realismo mágico puro.
El último domingo de junio, la mañana en Paz de Ariporo no amaneció; más bien, floreció con una luz distinta. No era un día cualquiera. Desde que el sol apenas asomaba, el aire se tejió con un murmullo que no era solo de voces, sino de historias contadas por el viento y el canto ancestral de los esteros. Mi primer destino, el corazón latente de esta celebración, fue el mercado campesino. Y créanme, amigos, no era un simple mercado. Era un portal, un tapiz vivo donde el trabajo de la tierra se materializaba y el compartir de las veredas se fortalecía.
Mientras caminaba, sentía cómo la tierra bajo mis pies me contaba sus secretos, el aroma a barro mojado y a cosecha recién nacida se mezclaba con el dulzor de frutas que parecían haber sido recién pintadas por el rocío. Me abrí paso entre canastos que parecían desbordar con la abundancia de un cuerno de la fortuna y entre las risas transparentes de la gente, que se endulzaban por el sonar de un arpa y distintas voces de pijoteros.
Vi gallinas con miradas serenas, paseándose con sus polluelos, cada pluma se convirtió en un pequeño sol. Los piscos, con sus gorjeos, parecían recitar poemas olvidados, y los marranos, con sus narices húmedas, husmeaban el mundo con una curiosidad sorprendente. Cada criatura, cada producto, no era solo mercancía; era un fragmento de la vida, un pequeño milagro gestado bajo el cielo inmenso del Llano.
Pero ¿qué sería de la magia sin un festín para el alma? en el Llano, la comida es una melodía que se canta con el paladar. Mis manos, casi por instinto, buscaron las hayacas. Envueltas en hojas de plátano que aún parecían guardar el calor del sol, eran un tesoro de sabores, un relato mudo de generaciones que supieron combinar la sazón de la memoria. ¡Cada bocado era un viaje a través del tiempo!
Los tungos, pequeños y grandes, salados, que parecían haberse hecho con el rocío de la madrugada, me susurraron historias de infancia. Y para apagar la sed de tanta maravilla, me ofrecieron la chicha, burbujeante y llena de espíritus alegres, y el cremoso masato, que me envolvió como un abrazo líquido de la abuela. Sentí cómo la tierra misma se convertía en bebida.
Había también una explosión de dulces caseros, que no solo endulzaban, sino que contaban cuentos: cocadas que crujían como la arena bajo el sol, panelitas y arequipe que guardaban el secreto de la caña, dulces de papaya que brillaban con la luz de mil atardeceres llaneros y, dulces de mamoncillos y de cacao, oscuros y deliciosos.
Mientras los sabores danzaban en mi boca, mis oídos se llenaron con el sonido inconfundible del joropo. No era solo música; era el pulso del Llano, un latido que venía de la tierra y subía por los pies. Los acordes del arpa, el cuatro, las maracas y el bajo no solo resonaban; despertaban los recuerdos dormidos en el aire. Las parejas zapateaban con una pasión que movía el viento, sus cuerpos, el relato de siglos de historia.
Y entre las risas que sonaban a cristal y los bailes que dibujaban figuras en el aire, lo más sobrecogedor fue la exaltación al campesinado. Vi rostros marcados no solo por el sol, sino por la sabiduría de los campos. Mujeres y hombres, de generaciones pasadas y presentes, de manos fuertes, que parecían capaces de moldear el destino. Y ojos que, al mirarte, te contaban historias de lluvias y cosechas, de luchas y victorias, de una conexión indisoluble con la tierra. No era un simple homenaje; era un acto de reconocimiento profundo a quienes no solo cultivan el alimento, sino que nutren el alma de nuestra nación, guardianes de la autenticidad y la resiliencia.
Los campesinos y campesinas son la viva memoria de la tierra, los poetas que con cada siembra escriben versos de esperanza y los arquitectos silenciosos de nuestra despensa, sosteniendo con su esfuerzo el sabor de nuestra identidad. Cada surco que trazan es una promesa de alimento, cada cosecha un canto a la perseverancia, y en cada uno de sus gestos se revela la dignidad de un oficio milenario que nos conecta con lo más puro de nuestro ser. Son el corazón palpitante de Colombia, una fuerza imparable que, generación tras generación, nutre la esencia misma de nuestra existencia.
Me sentí una privilegiada, una afortunada, de haber presenciado tanta belleza que bordea lo irreal, de haber tocado la esencia de una cultura que respira magia en cada brizna de hierba. El Día del Campesino en Paz de Ariporo no es una fecha; es una puerta abierta a un universo donde lo cotidiano se funde con lo extraordinario, donde el esfuerzo se convierte en poesía.
Si alguna vez, el viento del Llano los llama, no duden en seguirlo. Es un viaje que les cambiará la mirada y les recordará que la magia, a veces, solo está esperando ser cultivada.
¡Gracias, Paz de Ariporo, por abrirme sus horizontes y mostrarme que el realismo mágico se vive y respira en cada rincón de tu tierra!