Escrito por: Juan Reyes
La persistencia del conflicto armado en la Sierra Nevada de Santa Marta no puede entenderse únicamente como una disputa entre grupos ilegales. Más bien, responde a procesos históricos de desigualdad, economías ilícitas y débil presencia estatal que han configurado formas alternativas de control territorial. En este contexto, el reciente recrudecimiento de la violencia entre el Clan del Golfo y las Autodefensas Conquistadoras de la Sierra Nevada (ACSN) no representa una anomalía, sino la continuación de una larga tradición de regulación armada en la región.
En este artículo se plantea realizar una revisión histórica de los fenómenos sociales que han estado ligados al conflicto armado en esta zona del Caribe colombiano, mostrando cómo la guerra en esta región ha sido una constante fomentada por la inequidad y la precaria presencia estatal. A partir de mi experiencia personal y de indagaciones en el territorio, abordaré la forma en que las ACSN operan frente a la comunidad, así como la necesidad de replantear la manera en que entendemos y estudiamos los grupos armados, pues los conceptos de hace cuarenta años ya no son suficientes para explicar muchos fenómenos contemporáneos. Finalmente, se analizará cómo un sistema capitalista que ha incentivado la inequidad y la reducción del Estado ha propiciado el auge de la violencia y los conflictos.
Contexto
Para entender el conflicto actual de la Sierra Nevada de Santa Marta es necesario remontarse a la historia de este territorio, a sus particularidades geográficas, su historia comunal y las dinámicas socioeconómicas tan especiales de la Sierra. La guerra en esta zona no es tan simple como hablar de “paracos” enfrentándose unos con otros; incluso, el término “paramilitarismo” y lo que significa en Colombia debe ser replanteado cuando hablamos de este caso en particular. Después de todo, el primer paso para lidiar con un problema es esclarecerlo y definirlo.
Hablar de la Sierra Nevada de Santa Marta es hablar de un área única en términos de biogeografía. Esta montaña solía ser una isla, por lo que la naturaleza que allí se desarrolló posee varias particularidades, haciendo de esta una zona sumamente rica y compleja en su geografía.
Dicha riqueza natural y cultural contrastaría severamente con la miseria de la región. Santa Marta siempre fue una ciudad y un territorio marcados de manera evidente por la precariedad. Su posición geográfica la convertía en una ciudad clave para el comercio y sus tierras eran aptas para múltiples cultivos; sin embargo, estas bonanzas económicas nunca se vieron reflejadas en la mayoría de la población. Esto generó una sociedad profundamente desigual, donde una pequeña élite —en gran parte extranjera— acaparaba riquezas sin invertir en el desarrollo social. Así lo describe Jorge Elías Caro, docente de la Universidad del Magdalena, quien también resalta cómo esta inequidad ha sido una de las causas de las problemáticas que posteriormente detonarían en violencia (Caro, 2018).
Una muestra ejemplar de estas bonanzas económicas y de la creciente desigualdad regional sería Ciénaga, población aledaña a Santa Marta que, hacia 1880, comenzó a experimentar severos cambios económicos y ambientales debido a la expansión masiva de los cultivos de banano. Este auge crearía una pequeña comunidad adinerada sustentada en el trabajo casi esclavo de miles de trabajadores y culminaría en la Masacre de las Bananeras, uno de los episodios más trágicamente recordados de la historia colombiana, perpetrado por el Ejército colombiano y la United Fruit Company tras un levantamiento obrero que exigía condiciones dignas de trabajo (Torres, 2018).
Se evidencia entonces cómo la posición geográfica privilegiada de la región y un contexto de desigualdad, prácticamente auspiciado por la falta de acompañamiento estatal, crearon las condiciones perfectas para que surgiera una población que vería en el contrabando una oportunidad de ascenso social. De esta manera, algunos sectores lograron emular el nivel de vida de las élites, hasta el punto de cooptarlas e integrarse dentro de ellas.
La historia de Santa Marta con el contrabando posee antecedentes profundos. Desde la colonia, el puerto ya registraba el ingreso de mercancías que no eran debidamente controladas. Esto continuaría durante la República y se haría aún más complejo con el paso del tiempo, cuando muchos de estos bienes de contrabando empezarían a compartir espacio con el narcotráfico.
Sin embargo, antes de abordar el narcotráfico, es necesario aclarar cómo llega la violencia, entendida como fenómeno social e histórico colombiano, a Santa Marta y sus alrededores.
La Guerra de los Mil Días se propagó por gran parte del territorio nacional, y la costa Caribe no sería la excepción. Sobre ello escribiría Gabriel García Márquez en Cien años de soledad. No obstante, si se compara esta región con otras zonas del país, es posible observar un notable desescalamiento del conflicto bipartidista con el paso de los años posteriores a aquella guerra.
Si bien el asesinato de Jorge Eliécer Gaitán tendría una fuerte incidencia en muchas de las dinámicas sociales del Caribe, serían numerosos campesinos provenientes del interior del país quienes, alentados por el rumor de que en la costa la violencia no había alcanzado los niveles del centro de Colombia, optarían por desplazarse hacia esta región.
Serían estos migrantes quienes, buscando paz y tierra para trabajar, encontrarían un territorio paradisíaco, con todos los pisos térmicos e ideal para múltiples cultivos. Sin embargo, en ese momento la región atravesaba un romance con una planta en particular: la marihuana (Guerra, 2018).
Pero ¿cómo se relaciona este fenómeno de violencia con el negocio de la droga? Germán Castro Caycedo relata en Nuestra guerra ajena cómo el negocio del narcotráfico en Colombia tuvo una de sus primeras manifestaciones en la Sierra Nevada. Esto habría sido impulsado por un programa estadounidense llamado “Cuerpos de Paz”, integrado por jóvenes norteamericanos que buscaban expandir el modelo de vida occidental y los valores anticomunistas. Serían estos hippies quienes verían la oportunidad de negocio: una tierra fértil y propicia para el cultivo de un producto que empezaba a ser altamente demandado en Estados Unidos por los movimientos de contracultura y por veteranos de la Guerra de Vietnam con estrés postraumático (Caycedo, 2014).
Lo que el negocio de la marihuana traería a la región sería un auge económico sin precedentes, pues sus ganancias lograron expandirse de manera masiva y reflejarse en los bolsillos de gran parte de la sociedad. Sin embargo, junto con el dinero también llegaron los conflictos y las rivalidades. La marihuana se convirtió en un negocio tan rentable que comenzaron a crearse grupos armados destinados a proteger toda la cadena del narcotráfico.
Con el tiempo, según cuenta Adriano Guerra, la marihuana daría paso a la cocaína, incrementando aún más las ganancias y despertando el interés de las guerrillas del país, las cuales buscaban apropiarse de una renta sumamente lucrativa. La incursión de estos grupos guerrilleros en la Sierra Nevada provocaría conflictos con las estructuras armadas locales dedicadas al tráfico, las cuales finalmente optarían por reunirse y conformar un frente común contra la injerencia guerrillera. Así mutarían de grupos armados orientados exclusivamente al narcotráfico a estructuras paramilitares que, dentro del contexto nacional, justificaban su lucha como una cruzada contra las guerrillas de izquierda, aunque en realidad su principal motivación seguía siendo el control de las economías ilícitas.
Este auge paramilitar en la región llegaría a ser tan grande que terminaría controlando buena parte de la economía de la Sierra. En ese dominio existía también una necesidad de capturar el territorio, no solo para ejercer control sobre él, sino también para legalizar capitales provenientes del narcotráfico.
El profesor Guerra habla de cómo la Sierra Nevada vivió durante los años noventa un periodo sumamente álgido de expropiación de tierras por parte de paramilitares y narcotraficantes, con el objetivo de legalizar dinero proveniente del narcotráfico. Dicha estrategia solo era posible mediante la cooptación de jueces corruptos, permeados por la influencia paramilitar, quienes otorgaban tierras despojadas a pequeños campesinos a la comandancia paramilitar de la región (Guerra, 2018).
En la actualidad, las Autodefensas Conquistadoras de la Sierra son reconocidas como el grupo armado más influyente de la Sierra Nevada. Son referenciadas comúnmente como paramilitares y, sin duda, heredan muchas prácticas, miembros y lógicas de dichas estructuras; sin embargo, el fenómeno del paramilitarismo que tuvo lugar en la Sierra Nevada fue distinto al de otras regiones de Colombia. En este territorio, las primeras manifestaciones de grupos armados organizados en la historia reciente pueden rastrearse hasta la época de la bonanza marimbera.
Desde un principio se entiende que el hecho de surgir como una organización armada orientada a proteger los intereses del narcotráfico les otorgó un carácter propio, más motivado por la defensa de la tierra y del negocio que por factores ideológicos. Por ello, las confrontaciones con la guerrilla no se producirían inicialmente por razones políticas, sino económicas.
De igual manera, estos grupos paramilitares de la Sierra tendrían varios enfrentamientos con las autodefensas del clan Castaño, las cuales sostenían una agenda más radical y politizada. Dicha rivalidad terminaría en un pacto de adhesión y en la conformación del Frente Resistencia Tayrona de las AUC, comandado por Hernán Giraldo.
La desmovilización de estos grupos paramilitares, al igual que la de muchos otros actores armados, generaría procesos de reciclaje del conflicto y movimientos disidentes. Sin embargo, en palabras de los propios cabecillas de los Conquistadores, ellos son “personas nativas de la Sierra, que no heredan nada de antiguas estructuras paramilitares, sino campesinos de la región que se organizan ante una escalada de violencia y con el objetivo de blindar un territorio”.
Se hace necesario aclarar que los fenómenos sociales se encuentran en constante transformación. Por ende, resulta pertinente abordar algunas de las mutaciones que han experimentado estos grupos paramilitares de la región y cómo dichas transformaciones demandan hoy ser entendidas y estudiadas desde una óptica distinta a la planteada durante el contexto de la Guerra Fría y del conflicto interno colombiano.
El viaje
Ya había mencionado que la presencia de paramilitares en esta zona no es algo nuevo. De pequeño, pasando muchas vacaciones entre Santa Marta y Taganga, era muy frecuente escuchar historias de estos personajes, y todo turista que va lo hace, pero es muy poco lo que se entiende como foráneo sobre el poder e injerencia que llegan a tener y lo que representan para la sociedad.
Había recorrido el costado del departamento del Cesar de la Sierra Nevada para diciembre de 2025. En esta ocasión había divagado acerca de ciertos indicadores socioeconómicos que se manifiestan de manera no tan sutil. Con esto me refiero a ciertos productos o bienes que se ofrecen dependiendo la necesidad del territorio y su gente. En este caso, y para esta zona, era muy evidente el excesivo comercio de productos de supervivencia, militaría y otros artículos que pueden ser considerados tácticos.
Esto no era nuevo. En otros viajes lo había evidenciado: municipios como San Vicente del Caguán y otros pueblos marcados por el conflicto, o con una fuerte presencia de este, tienen variada oferta económica de estos productos, casi que diciendo sutilmente que eran mercancías que podían ser requeridas constantemente por actores armados.
Dicha observación me generaría una incógnita: ¿Quiénes eran los que controlaban la sierra nevada?
Para febrero de 2026 volvería a la sierra, pero por el lado del Magdalena. Aquí, de nuevo, escucharía ese secreto público que ronda esta tierra: nada se mueve y nada pasa sin que los paras (ACSN) sepan o den el visto bueno.
Esto me lo reafirmaría Junior, un mototaxista que me transportaría desde el Parque Tayrona hasta Minca, quien, durante todo el trayecto, bajo insistencia mía, me relataría cómo los Conquistadores controlan todas las economías, legales e ilegales, haciéndose al negocio de la droga, pero también cobrando un impuesto a cualquier negocio que busque tener lugar en la sierra, desde el puesto de empanadas hasta el hostal o restaurante de lujo.
Junior me diría que hasta el oficio de mototaxi, un trabajo sumamente popular, estaba regulado por ellos. Por esto, los paras exigían que todo mototaxista en su área de influencia debía vestir una camiseta con un color especial, que lo distinguiera y permitiera identificarlo con una cooperativa y un área específica. Así, los mototaxistas del Tayrona deben llevar un color distinto a los de Minca o Palomino.
Junior veía esto como un mal necesario:
“ombe eso es pa bien y pa mal, por un lado antes que ellos llegaran acá lo que había era problema, eso todos los pelados se daban su muñequera frente los turistas peleando por las carreras, robaban al turista y un monto de vaina, pero esa gente acá dijo hermano o se organizan y respetan o arreglan con nosotros y no tocó de otra, por ahí la vaina bien, ¿verdad? Porque ajá toca darles una mensualidad a ellos, pero muchos problemas del trabajo ya no se presentan más, el tema es que eso también puede ser duro porque donde tú tengas un malentendido, o te agarren con una cagadita, es ligerito que te suben a la montaña, toma tu multa, te rapan cabeza y cejas, y a trabajar pelando monte o en la placa huella”
Y así pasaba con muchos aspectos de la cotidianidad. Contaban también que en los pueblos donde andan los paras, las peleas de borrachos y los robos son cosa del pasado:
“si te encuentran haciendo pelea, así tú no seas el que la inició, así tú solo te hayas defendido, igual los cogen a los dos y pam, multa, y que si no tienes pa pagar, al monte a trabajar”
Tantos aspectos de la vida regulados por un actor armado hacían imposible no relacionarlos con un pequeño Estado: un Estado que impone castigos económicos, laborales, y crea un sistema de impuestos para financiarse, pero a su vez genera organizaciones que terminan haciendo que todos trabajen con cierta armonía.
En ese punto no pude evitar pensar en algunas lecturas. Víctor de Currea-Lugo, en Fanatismos, mitos y fusiles, plantea cómo en contextos de desigualdad profunda y débil presencia estatal, la violencia no solo aparece como un fenómeno destructivo, sino que termina organizando la vida social cuando no hay otra estructura que lo haga. (Lugo, 2022)
Algo similar menciona Eric Hobsbawm en Guerra y paz en el siglo XXI, cuando habla de que los Estados se sostienen sobre tres pilares: el control del territorio, la aceptación de su autoridad y la capacidad de responder a las necesidades de la población. (Hobsbawm, 2007)
Viendo lo que pasaba en la sierra, la relación era inevitable.
La incursión de los Conquistadores de la Sierra en el turismo implicaría una estandarización y regularización de servicios que se ofrecían al turista. Esto empezaría a ser visto por la comunidad como un control necesario, que traería consigo una imagen positiva de la región, incrementando las oportunidades laborales.
“ombe antes del turismo nos tocaba trabajar en la bananera y eso era teso, pagaban si se les daba la gana, mal pago, los patrones eran unos hps y las jornadas eran intensas, ya ahorita con turismo la vaina cambia, tú tienes tu moto, trabajas tus horarios y ya, les pagas y pues te da para vivir bien, pa qué”
Magola, una señora con un puesto de tintos, relataba que antes en Minca muchos muchachos entraban en peleas de borrachos, por mujeres o por una mala mirada, pero esto fue desapareciendo cuando vieron que los paras no andaban con cuentos.
Por esto, Magola compartía la visión de Junior al verlos como un mal necesario. Según ella:
“esto era un despelote bravo acá, muchachas agarradas de las greñas y un montón de pelaos reventados cada fin de semana”
Y, según ella, casi todo el pueblo podía pensar lo mismo. Todos acá responden a ellos:
“son intimidantes pero imprescindibles para que esto funcione”
Son muchas las personas que coinciden en que, antes de su presencia, el desorden y la inseguridad eran el pan de cada día; trabajar era imposible. Pero ahora, según dicen, nadie se roba un pan, las casas se dejan con la puerta abierta y lo que uno deja aparece en el mismo lugar.
A las personas que seguían intentando burlar este paraestado les esperaba más que una multa. Fueron muchas las personas que, dependiendo su falta, podían ser llevadas a la fuerza montaña arriba, donde las raparían de cabeza y cejas y tendrían que estar por un mes trabajando, una especie de prisiones de trabajo forzado. Si reincidían, las penas podían culminar en un encadenamiento a algún árbol o la muerte.
La gente de la sierra les teme. Nadie quiere ganarse un problema con ellos. Todos saben quiénes son estos muchachos, pero nadie se atreve a hablar con las autoridades colombianas. Estas pueden ser cómplices o, sencillamente, la gente prefiere acudir directamente a los paras, pues ellos dan una solución más rápida y efectiva.
Según pude evidenciar, la única forma en que los Conquistadores de la Sierra son capaces de ejercer tal dominio es mediante la usurpación de las funciones estatales, teniendo el poder de la fuerza y sin la burocracia clásica.
Viendo esta dinámica tan especial, tan presente en lo cotidiano pero muchas veces invisible al ojo del turista, y con tanta aceptación por parte de la comunidad, solo me queda la pregunta: ¿siempre es necesaria la violencia para que funcione una sociedad?
Conclusiones
Algo que resulta sumamente impactante es ver cómo un gran porcentaje de la población ha aceptado y avalado el accionar de los Conquistadores en la región. Las Autodefensas Conquistadoras de la Sierra han reconfigurado su forma de presentarse ante la población; en sus propias palabras, “son una milicia campesina de gente local que solo busca blindar el territorio ante amenazas externas”. De esta manera, parecen encajar más en la lógica de una milicia territorial: una suerte de paraestado surgido en un espacio históricamente carente de respuestas institucionales efectivas.
Este fenómeno no es exclusivo de la Sierra Nevada de Santa Marta. Como se mencionó anteriormente, es una dinámica que se repite en distintas regiones de Colombia. Allí donde la presencia estatal ha sido limitada o insuficiente, otros actores terminan asumiendo funciones de control y regulación social, generando una creciente sensación de deslegitimación hacia las instituciones oficiales.
El aumento de las desigualdades territoriales y la reducción de las capacidades estatales han favorecido la aparición de estructuras que buscan suplir demandas básicas de las comunidades: administrar justicia, proveer ciertos servicios y garantizar un orden funcional, aunque sea mediante mecanismos de coerción.
Es aquí donde se hace necesario replantear los conceptos que históricamente han sido utilizados para explicar el conflicto colombiano. En el imaginario nacional, el paramilitarismo suele entenderse como una estructura contrainsurgente con un enemigo claramente definido en la izquierda política. Sin embargo, el fin de la Guerra Fría, los procesos de paz y la transformación de las economías ilegales modificaron profundamente la naturaleza de muchos actores armados, haciendo insuficientes las categorías tradicionales con las que solían analizarse.
Un fenómeno similar ocurre con las organizaciones que aún son denominadas guerrillas. La idea de movimientos campesinos que luchaban exclusivamente por reivindicaciones sociales ya no describe completamente a muchas de las estructuras actuales, cuyas lógicas y métodos responden, en numerosos casos, a dinámicas criminales y económicas. Incluso el gobierno de Gustavo Petro señaló que uno de los errores de la “Paz Total” fue asumir que se negociaba con guerrillas tradicionales, cuando en realidad se enfrentaba a organizaciones criminales que no habían sido comprendidas adecuadamente.
Los Conquistadores aún pueden conservar elementos heredados del antiguo discurso paramilitar; sin embargo, sus motivaciones parecen estar ligadas principalmente al control económico y territorial. El eje que articula sus operaciones se encuentra en el dominio de rentas ilegales y en la preservación de un proyecto de control local más que expansionista. Mientras el Clan del Golfo cuenta con una estructura nacional que supera los 9.000 integrantes, los Conquistadores apenas alcanzan unos 800 hombres armados. Esta diferencia no solo ha limitado su crecimiento militar y financiero, sino que también les ha permitido consolidar una base social más estable dentro de ciertos sectores de la población, que, aunque les teme, también los reconoce como una autoridad efectiva en ausencia de soluciones estatales.
Finalmente, resulta pertinente reevaluar las categorías con las que explicamos el conflicto colombiano. Mientras no se comprenda adecuadamente cómo han mutado los actores armados y las formas contemporáneas de control territorial, será difícil diseñar estrategias eficaces de negociación o contención. Esto no implica justificar la existencia de estas estructuras, sino reconocer que, mientras el Estado no logre consolidar una presencia legítima, efectiva y capaz de garantizar seguridad y servicios en amplias regiones del país, seguirán surgiendo organizaciones que llenen esos vacíos de poder e impidan la construcción de un proyecto nacional verdaderamente cohesionado.
Bibliografia
Caro, J. (2018). El florecer de un puerto. La historia contada desde las regiones , 364-365.
Caycedo, g. C. (2014). Nuestra guerra ajena . Bogota Colombia: Editorial Planeta.
Guerra, A. (2018). Entre el auge y la soledad. La historia desde las regiones, 368-370.
Torres, L. (2018). Una noche de terror. La historia contada desde las regiones, 366-3
