Escrito por: Eliana Wiesner
Dicen que en 1819 el Llano no tenía orillas. Que el agua y el cielo se confundían tanto que un jinete podía galopar sobre las nubes sin darse cuenta, y que por eso los Guías del Casanare llegaron al Pantano de Vargas con barro de lluvia y barro de estrellas pegado a los cascos de sus caballos. Nadie lo escribió en los partes de guerra, pero los abuelos lo cuentan así, y en el Llano la memoria también es un río, no importa por dónde se desborde, siempre vuelve a su cauce.
Cuando Bolívar llegó a Casanare, Casanare ya lo esperaba. No como quien espera a un libertador, sino como quien espera la lluvia de mayo, con la certeza de que tarde o temprano el cielo tenía que cumplir su palabra. Era, para entonces, la única provincia libre de lo que hoy llamamos Colombia (una isla seca en medio de un continente todavía atado), y en sus sabanas ardía algo que ningún mapa español supo cartografiar, la costumbre antigua de no arrodillarse.
El 22 de junio de 1819, en Pore, dos ejércitos se volvieron uno solo. El de Santander, curtido en los esteros; el de Bolívar, cansado de cordilleras. De esa unión (dicen los viejos cronistas, y también los que nunca han abierto un libro pero llevan la historia cosida en el forro del sombrero) salieron entre dos mil quinientos y cuatro mil hombres caminando hacia un puente que todavía no sabían que sería el más nombrado de América. Cuarenta y seis días después, ese ejército, nacido de agua salobre y polvo de sabana, tocaría con sus lanzas el destino entero del continente.
Porque así son las cosas en el Llano, lo inmenso nace de lo invisible. Un batallón de trescientos hombres (los Guías del Casanare, comandados por José María Ruiz) pudo rodear por la espalda a la vanguardia realista aquella tarde del 7 de agosto, y nadie los vio venir, porque en el Llano se aprende desde niño a moverse como se mueve el rumor, sin ruido, sin sombra, sin dejar huella en el barro hasta que ya es demasiado tarde para el enemigo.
A las cuatro de la tarde de ese sábado, el puente de Boyacá ya era de los patriotas. Cayeron más de cien soldados del rey, ciento cincuenta quedaron heridos; del lado libre, apenas trece muertos y cincuenta y tres heridos, un saldo que en cualquier álgebra de la guerra parecería un milagro, y que en el Llano no sorprendió a nadie, allá siempre han sabido que un lancero llanero pesa lo mismo que diez soldados de leva, porque no pelea por un rey que nunca ha visto el horizonte infinito de una sabana en octubre.
Y sin embargo (aquí está lo extraño, lo que ninguna estatua cuenta) nadie le regaló nada a Casanare después de la victoria. El sueño que había parido un país entero, siguió durmiendo en hamacas de fique, olvidado como se olvida al padrino pobre en la boda del ahijado rico. Boyacá se quedó con el nombre de la batalla. Casanare se quedó con la costumbre de haberla hecho posible sin que se lo agradecieran. Durante casi ciento cincuenta años esta tierra fue apenas un apéndice administrativo de la provincia que llevaba su triunfo en el título, hasta que (como quien despierta tarde de una siesta demasiado larga) reclamó, ya en el siglo veinte, el derecho de gobernarse a sí misma.
Quizás por eso, cada 7 de agosto, algo tiembla distinto en Casanare que en el resto del país. No es solo el desfile ni la banda ni el discurso del alcalde, es el Llano entero recordando que fue cuna antes que territorio, que fue matriz antes que mapa. Que treinta diputados (entre ellos los de esta misma provincia, la única libre entonces de la actual Colombia) se habían sentado meses antes en Angostura a inventar jurídicamente un país que aún no existía en ningún papel, solo en la imaginación caliente de unos hombres que apostaban la vida a una idea.
Cuentan también (y esto sí que no está en ningún archivo, solo en la boca de quienes todavía ordeñan al amanecer) que la noche del 7 de agosto de 1819, en los esteros de Pore, las garzas no durmieron. Que volaron en círculos toda la noche sobre el lugar exacto donde el ejército se había unido semanas atrás, como si supieran que algo grande recién había terminado de nacer allá lejos, junto a un puente frío que ninguna de ellas conocería jamás. Y que desde entonces, cada 7 de agosto, un puñado de garzas repite el vuelo, aunque ya nadie se acuerde de por qué.
El Llano no necesita que se lo recuerden. Le basta con saber que toda patria, antes de ser bandera, fue barro; y que ese barro, el 7 de agosto, todavía tiene nombre propio: Casanare.