Reseña escrita por: Luis Carlos Cepeda Villar
Hola. Hasta ahora, hemos hablado de mundos oníricos, ángeles caídos, asesinos de mujeres y golpes de Estado. Un poco de misticismo y un poco de violencia. Hoy, daremos un pequeño giro temático, aproximándonos al siempre complejo e intrigante arte del amor. Para ello, regresaremos a Japón, esta vez de la mano de Hiromi Kawakami, con El cielo es azul, la tierra blanca.
Advertencia. Esta bella y delicada historia de amor no es como las tradicionales de su género. Así que si sumercé espera encontrar amores imposibles, sufridos, tóxicos o desenfrenados, lamento decirle que aquí no es. De hecho, es probable que la novela le llegue a parecer un tanto lenta y aburrida, por lo que si desea darle next, tranqui, nos vemos en la siguiente.
Tsukiko Omachi es una mujer de 38 años que con frecuencia asiste a una taberna muy cerca de su casa, al igual que Harutsuma Matsumoto, su profesor del colegio, al que ella llama maestro. Aunque no suelen programar los encuentros, se ven con cierta regularidad allí, donde aprovechan para degustar la amplia oferta culinaria que ofrece la taberna, tomar sake y hablar de asuntos en apariencia intrascendentes.
Como los encuentros «fortuitos» siguen repitiéndose, deciden interactuar en otros espacios fuera de la taberna, lo que de a poco irá despertando una simpatía mutua. Ellos, por supuesto, se esforzarán en no demostrarla, arguyendo que solo son «amigos», y porque, tal como menciona Tsukiko, entre ella y el maestro hay una brecha generacional insalvable. Sin embargo, a ella le resultan divertidos los modales y manías del maestro, siempre pulcro y educado, y a él le agrada poder enseñarles cosas a Tsukiko, así ella en ocasiones las considere anticuadas.
Maestro y alumna siguen viéndose, a veces con ciertas interrupciones, pero nunca pierden el contacto, ni siquiera cuando Tsukiko comienza a salir con otro hombre. Con cada nuevo encuentro, los dos, a su manera, van ventilando sus dudas y conflictos internos. Ella tiene cierta tendencia a la soledad, a la melancolía, quizás por eso arrastre consigo una tristeza silenciosa. En la actualidad, su existencia no tiene un sentido claro. Trabajar, ir a la taberna por una pola, llegar a casa a dormir y a la mañana siguiente repetir el ciclo, es la constante de una mujer a la que su familia vaticina estará sola por siempre.
Por su parte, el maestro pasa los días de su jubilación viendo partidos de beisbol, preparando su propio sake y escribiendo poemas. Es un señor japonés en todo el sentido de la palabra: si va al parque, recoge la basura que genera; juega al Pachinko y no deja que nadie le sirva su sake. En sus momentos de cavilación recuerda a su exesposa, hay algo que no termina de encajar en esa mujer con la que estuvo casado, con la que además tuvo un hijo, y que después de separarse buscó el amor en otros brazos. En muchos brazos.
A estas alturas, donde las páginas se van agotando y el otro pretendiente de Tsukiko pareciera ganar terreno, uno como lector comienza a inquietarse. Es que la cosa nada que avanza. Mucho sake, mucho tofu, mucha salidita, pero de aquello nada. Ni siquiera un pico. Incluso, en algún momento Tsukiko le confiesa al maestro que está enamorada de él, y este ni se inmuta. ¡Maestro, por Dios, usted está entre los 60 y la muerte, sea serio!
Pero tal vez allí radica la esencia de esa inusitada belleza de la novela. En una época donde todo son afanes e ideas intransigentes, la relación de los protagonistas se cocina a fuego lento, con espacios para prestar atención a los detalles, reconocer al otro y habitar el presente. Como diría Erich Fromm, «el amor solo es posible cuando dos personas se comunican desde el centro de sus existencias»[1]. Y eso requiere tiempo.
Tal como se mencionó al inicio del texto, esta no es una típica historia de amor, no como suele acostumbrarnos Hollywood. No hay dramas innecesarios ni finales estrictamente felices, solo gente viviendo un día a la vez, quizás un tanto perdida y solitaria, sí, pero con el deseo intacto de hallar un interlocutor, alguien con quien charlar y disfrutar de una buena comida, y si es posible, salir a caminar en las noches a contemplar el mar.
El cielo es azul, la tierra blanca, es de esos librosque te maravillan por la delicadeza con la que están escritos. Es corto y justo, no le sobra ni le hace falta nada, y es una dicha tropezar con él. En especial, porque reivindica la idea de que el amor, más allá de ser una ola avasallante que te envuelve con su intensidad, es una elección diaria, una construcción consciente e inconsciente de algo etéreo, pero tangible. De algo superior.
[1] Fromm, E. (1956). El arte de amar. Paidós.