Escrito por: Alejandra Guerrero
Colombia es un país construido sobre capas. Capas de geografía imposible, de culturas que nunca terminaron de encontrarse, de historias que se heredan como se hereda la forma de los ojos. Y en ese país de capas, la democracia no es un edificio terminado. Es una obra que cada generación retoma con las herramientas que tiene.
La urna es uno de los rituales más íntimos que tiene una sociedad. No porque garantice el cambio de un día para otro. Sino porque hace visible algo que de otro modo permanece invisible: la diversidad de quiénes somos. Cuando millones de personas distintas, distantes en territorio, en clase, en lengua, en expectativa, depositan un voto en el mismo sobre, está ocurriendo algo extraordinario. Se está diciendo, sin necesidad de ponerse de acuerdo, que el futuro es un asunto compartido.
Y los jóvenes son la parte más viva de ese futuro compartido.
No como símbolo. No como promesa abstracta. Sino como presencia real, con perspectivas que interpretan el mundo de una forma que las generaciones anteriores no pueden replicar. Un joven que nació después de la Constitución del 91 no carga los mismos límites que otros asumieron como permanentes. Tiene otros sueños, otras urgencias, otra noción de lo que es posible. Y eso, esa mirada nueva sobre una realidad vieja es exactamente lo que una sociedad necesita para moverse.
Votar es, en ese sentido, uno de los actos más poderosos que existe. No porque un solo voto mueva montañas. Sino porque un voto es la forma más concreta de decir: yo estoy aquí, yo existo, yo tengo una opinión sobre el lugar en el que vivo. Es dejar una huella. Y las huellas, cuando son muchas, trazan un camino.
La pluralidad no es un obstáculo para construir un país. Es el material con el que se construye. Colombia no será menos diversa en veinte años, tendrá nuevas voces, nuevas mezclas, nuevas identidades que hoy apenas empiezan a nombrarse. La pregunta no es cómo simplificar esa diversidad. Es cómo convertirla en fuerza. Y la participación ciudadana es el mecanismo por el que esa fuerza entra al sistema. La votación, pero también la conversación, la movilización, el simple acto de opinar sin pedir permiso.
Colombia se sigue construyendo. No desde un solo lugar. No desde una sola generación. Desde la suma de sus voces, desde la energía de quienes todavía creen que participar es mejor que el silencio. Que su perspectiva importa. Que su voto no es un gesto vacío sino una declaración: este país también es mío, y tengo algo que decir sobre lo que será.