«Si el tiempo retrocediera»: breve reseña de Lorgio Rodríguez

«como un patriarca primitivo de pecho suavizado por la melancolía de los paisajes, vería las puestas de sol en el horizonte remoto donde nace la noche; y libre ya de las vanas aspiraciones, del engaño de los triunfos efímeros, limitaría mis anhelos a cuidar de la zona que abarcaran mis ojos, al goce de las faenas campesinas, a mi consonancia con la soledad»

La vorágine – José Eustasio Rivera.

Escrito por: Luis Carlos Cepeda

Cuando no solo era una de las voces más sonadas en los festivales y estaciones de radio, sino además una de las más reconocidas de la música llanera, un fatal accidente de tránsito frenó en seco la carrera artística de Lorgio Rodríguez Peña, El gavilán coplero. Rodríguez murió un dieciséis de octubre de 2009, a los treinta y nueve años de edad (la misma edad de Julio Miranda al morir, otro de los grandes del folclor llanero), justo cuando se dirigía a un evento cultural en el municipio de San Luis de Palenque, Casanare.

Considerado el rey de la copla, Lorgio Rodríguez conquistó la mayoría de escenarios y festivales en los que participó. Con una voz potente y firme, demostró en cada rima su versatilidad e ingenio para el contrapunteo, ganándose el respeto y la admiración de sus rivales.

Sus canciones también fueron un palo. Con temáticas que van desde el desamor, la nostalgia, la protesta social, la cotidianidad del hombre llanero e incluso la jocosidad —todos recordamos con gracia las peripecias de «El gabán gay»—, se convirtió en un símbolo de identidad llanera, amor por la naturaleza y orgullo campesino.

Hoy, diecisiete años después de su partida, su legado sigue más vigente que nunca. Sus éxitos suenan por todos lados: bares, emisoras, coleos, en el transistor del mensual de finca y hasta en la Toyota del viejo rico.

Y es que este casanareño, de porte regio, sombrero al frente, camisa siempre por dentro del pantalón y bigote al estilo Chevron, logró con sus letras no solo cautivar a cientos de personas, sino también plasmar con delicadeza y pasión la esencia de la vida rural. Apoyado en recursos estilísticos como sus acostumbrados aforismos, hasta donde llovió hubo barro o cuando un bobo se alegra, alguna vaina se lleva, condensó en buena parte el imaginario cultural de la tierra plana.

«Me preocupa mi vejez» —una de sus composiciones más emblemáticas y queridas por su público— es un claro ejemplo de esa sensibilidad artística. Con una prosa sencilla y poética, repleta de sabiduría popular, esta canción refleja las preocupaciones propias de la adultez, las precariedades del campo y las añoranzas de un tiempo perdido.

Mi juventud se me fue,

tanto que yo trabajé, con el ganado y la bestia,

mucho fue lo que jalé, barretón, pala y macheta,

para seguir todavía sumergido en la pobreza.

Tal vez lo supiera, tal vez no, pero buena parte de su éxito radicó en lo genuino y honesto de sus versos. Sus canciones eran la descripción de las desgracias e ilusiones de una persona común, de la realidad del hombre rural, y no un panfleto ególatra de alguien incapaz de comprender la otredad.

Gracias a ese talento innato e inigualable, El gavilán coplero venció las barreras del tiempo y el olvido. Su muerte prematura no fue impedimento para ocupar un lugar en el olimpo del folclor llanero, solo el camino que a bien tuvo el destino para consagrarlo de manera anticipada.

Su voz ya no está en este plano, pero sus conquistas y luchas han servido de base para la construcción y sostén de la música llanera. Detrás de su legado, hay tarimas y escuelas que llevan su nombre, artistas que replican sus canciones y seguidores que encuentran refugio en su poesía.

Tal como lo anticipó en una de sus interpretaciones, Lorgio Rodríguez murió en el pleno llano adentro, su alma quedó en la gloria y en la llanura su cuerpo. Sus amigos y seres queridos lo recordarán, con sus claros y oscuros, como un hombre familiar y parrandero, un coplero excepcional y un amante empedernido del llano. 

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