El último cantador de la sabana

Escrito por: Milena Sepúlveda

Cuando Don Alberto abre la boca al amanecer, no canta para que lo escuchen los paisanos, como suele llamar a sus vecinos, canta para que su vaquita reconozca que el amanecer llegó y que él está cerca. Su voz, ronca como cuero viejo, se levanta sobre el silencio del potrero y se convierte en una cuerda invisible que amarra al animal a la memoria de los Llanos.

Don Alberto es, para quienes lo conocen, el último portador vivo de los cantos de trabajo de su hato. No porque no queden otros cantadores, sino porque en su vereda ya nadie se levanta antes del alba para acompañar el ordeño con una tonada a capela. Los motores llegaron antes que los discípulos; el alambre sustituyó al camino; y el silencio, ese silencio moderno que no sabe llamar al ganado, ocupó el lugar de la voz.

Una herencia sin instrumentos

Los Cantos de trabajo del Llano colombo-venezolanos fueron inscritos en 2017 por la UNESCO en la Lista del Patrimonio Cultural Inmaterial que requiere medidas urgentes de salvaguardia. Son melodías cantadas individualmente, sin instrumentos, vinculadas al arreo y al ordeño del ganado, y transmitidas oralmente desde la infancia.

No son canciones que suenan en un escenario con miles de personas. Son herramientas de trabajo convertidas en poesía. En el ordeño, el cantador nombra a la vaca, le habla con ternura y vuelve la faena un encuentro; en el arreo, la voz del cabrestero guía a las reses, mientras punteros, traspunteros y culateros responden con cantos, silbos y japeos.

La UNESCO advierte que la práctica se ha debilitado por transformaciones económicas, sociales y territoriales, cambios en el uso de la tierra, en la propiedad y en el universo cultural llanero. En palabras más llanas, el llano cambió de oficio, y el canto quedó esperando con temor a quien ya no vuelve al corral.

La voz que amansa

Don Alberto aprendió de su padre, y su padre de su bisabuelo que arreaba reses por caminos donde el horizonte era el único cercado. Aprendió que una vaca inquieta no se doma con gritos, sino con paciencia; que el ganado escucha el tono antes que cualquier palabra que pueda salir de su boca; y sabe que una voz sostenida puede ser más firme que un lazo.

“El canto no es un adorno”, dice, mientras moja las manos en el agua helada del amanecer. “El canto es el modo de hablarle al animal, para sentir esa conexión el uno con el otro.”

Esa es la metáfora más honda de los cantos de trabajo son una forma antigua de diálogo entre el ser humano y la naturaleza. No imponen; convocan. No doman con violencia; construyen confianza. El llanero canta y la res se acerca, como si reconociera en aquella melodía el pulso del territorio que ambas comparten.

La técnica del arreo

El arreo es una coreografía hecha de caballos, polvo y voces. El cabrestero va adelante, marcando el rumbo; detrás y a los costados avanzan los punteros, que mantienen la dirección del rebaño; más atrás, los traspunteros refuerzan el control; y al final, los culateros vigilan que ninguna res se quede rezagada

Don Alberto explica que el canto del cabrestero no es una canción porque si es una señal que viaja. Alterna el grito largo del leco con coplas, silbos, exclamaciones y japeos, usando melismas y falsetes según lo que el ganado necesite escuchar. Cuando la voz aguda del puntero se levanta, los peones de los costados la responden por turnos, y así el mensaje recorre el lote como un relámpago sonoro.

“Si la res se asusta, hay que bajarle al canto”, dice Don Alberto. “Si se descarría, hay que levantarle la voz. El ganado no entiende cantaletas, entiende intenciones.”

A veces, el manejo se apoya en los madrineros, toros o novillos que conocen el camino y guían al resto. Pero, para Don Alberto, el madrinero solo funciona si detrás hay una voz que le recuerde al rebaño que no está solo.

La técnica del ordeño

El ordeño es otra cosa; no es una batalla contra la distancia, sino una conversación con una sola vida. El cantador se acerca despacio, pronuncia el nombre de la vaca y entona una melodía suave, repetitiva, casi como una nana. No hay instrumento, no hay estridencia, solo la respiración del animal, el chapoteo de la leche y una voz que sostiene la calma.

Don Alberto llama a Soledad, una vaca vieja de manchas blancas, con el mismo tono con que se llama a un hijo que llegó tarde. La bestia levanta la cabeza, mueve las orejas y se deja hacer. El ordeñador no la mira como una máquina de leche la mira como a una compañera de faena.

“Uno le canta para que no crea que la están robando”, dice. “Le canta para que este tranquila, que esto también es suyo.”

En esa frase cabe toda la filosofía del canto de ordeño no se busca someter, sino serenar. La voz convierte el miedo en confianza y el trabajo en un pacto entre el hombre, el animal y la tierra.

El riesgo de olvidar

Los cantos de vela —aquellos que se entonaban de noche para tranquilizar al ganado— han dejado de escucharse con frecuencia en los Llanos, según documenta el Ministerio de Cultura. La gente todavía canta, pero ya no canta al trabajo; el canto se separó de la faena que le dio sentido.

Ese es el verdadero peligro no solo que muera una voz, sino que se apague un saber completo. Cuando desaparece el canto de ordeño, se pierde también la manera de nombrar a los animales, de leer el clima, de ordenar la jornada, de convertir el cansancio en memoria compartida. Es como perder el idioma con el que el llano se explicaba a sí mismo.

Por eso los portadores son tan importantes. No guardan partituras, guardan gargantas, gestos, silencios y maneras de estar en el mundo. El Ministerio de Cultura ha impulsado documentación, encuentros entre portadores y jóvenes, formación de docentes y festivales para evitar que ese archivo vivo se convierta en polvo.

La crónica de un amanecer

Aquella mañana, Don Alberto cantó frente a soledad mientras el sol abría una herida dorada sobre la sabana. No hubo aplausos. No hubo cámaras. Solo el balde llenándose despacio y el viento llevándose la copla hacia los árboles.

Un muchacho de doce años, nieto de un vecino, lo miraba desde la cerca. Don Alberto no le pidió que cantara. Solo le dijo,

—Cuando yo me vaya, alguien tiene que saber que estas reses también tienen nombre y responden sin pensarlo más de un segundo.

El niño no respondió. Pero esa noche, según contaron después, se escuchó una voz temblorosa entre los árboles, intentando repetir una tonada de cabrestero. No era perfecta. Era apenas un comienzo.

Y ahí está la esperanza, no en las grandes visualizaciones, está en ese primer canto imperfecto que un niño se atreve a lanzar al viento. Porque el patrimonio no vive en los certificados ni en los museos, vive cuando una voz nueva decide no dejar que el llano se quede mudo.

Fotografía: Periódico del Meta

Compartir

Otras noticias