Escrito por: Vanessa Parra Jaramillo
Hubo un tiempo en que la huerta era algo más que tierra sembrada. Era despensa, seguro, intercambio y, en muchos casos, una pequeña economía familiar. Allí no todo tenía precio porque no todo estaba destinado a venderse. Una parte se cultivaba para llevarla directamente a la mesa. Hoy esa relación parece estar cambiando, y la pregunta no es solamente qué estamos produciendo en el campo, sino qué tan cerca está esa producción de alimentar a quienes la producen.
Los datos ayudan a entender el tamaño de esta conversación. El DANE encontró, en el Censo Nacional Agropecuario de 2014, que el 64,4% de los productores residentes en el área rural dispersa censada tenía un área específica de su unidad productiva destinada al autoconsumo. Una década después, la fotografía de la alimentación rural cuenta una historia muy diferente, en 2024, el 34,2% de los hogares de centros poblados y rural disperso experimentó inseguridad alimentaria moderada o grave, según la Escala de Experiencia de Inseguridad Alimentaria. El indicador, además, aumentó tres puntos porcentuales con respecto al año anterior.
Aquí aparece una paradoja difícil de ignorar, y es que tenemos campo, tenemos productores y tenemos alimentos, pero producir alimentos no garantiza necesariamente que esos productores estén comiendo bien.
La Encuesta Nacional Agropecuaria de 2023 muestra hasta qué punto la producción agrícola está conectada con el mercado. En el segundo semestre de ese año, el 98,8% del arroz mecanizado y el 91% del maíz blanco tuvieron como destino la venta. En otros cultivos permanentes, la orientación comercial es todavía mayor, el café registró un 98,7% destinado a la venta y el cacao un 97,8%. Vender es definitivamente necesario y en muchas ocasiones razón misma de cultivo. El problema comienza cuando vender lo que cultivamos significa después tener que comprarlo, o comprar otros alimentos a precios que no podemos controlar.
La propia alimentación cotidiana revela cuánto dependemos de ese circuito. En los datos de la Encuesta Nacional de Calidad de Vida 2024, el autoconsumo o autosuministro representó apenas el 0,7% de los casos registrados para frutas y verduras, mientras que supermercados de barrio, graneros, tiendas y plazas de mercado concentraron la mayoría de los lugares habituales de compra. Para tubérculos y plátanos, el autoconsumo alcanzó el 1,2% de los casos registrados pero sostuvo la misma tendencia de compra en lugares tercerizados. El DANE advierte que estas cifras corresponden a los casos del archivo y no deben interpretarse directamente como una estimación de hogares.
Y es que quizá necesitamos cambiar la pregunta con la que medimos el éxito agrícola de Colombia. No basta con saber cuánto producimos, cuánto vendemos o cuánto exportamos. También deberíamos preguntarnos qué tan bien se alimentan las familias que sostienen esa producción.
Volver a sembrar para comer no significa abandonar el mercado, significa recuperar una relación más inteligente con la tierra, o sea, una huerta en casa, una finca que reserve parte de su cosecha para la mesa, un mercado local que pague justamente al campesino, una compra que reduzca intermediarios y una comunidad que entienda que comprarle directamente a quien produce también puede ser una decisión social y ecológica.
Así que cuando tengas la oportunidad, contribuye adquiriendo en mercados agroecológicos o a productores directos, entre todos podemos aprender a hacerlo mejor; producir, alimentarse y vender y comprar estratégicamente. Que la huerta vuelva a tener stock. Y que esta vez el inventario más importante no sea el que sale de la finca, sino el que llega a la mesa.