Escrito por: Luis Carlos Cepeda
Buenas. Hoy les traigo un autor latinoamericano, querido por muchos, odiado por otro tanto, cuya obra habla de conspiraciones internacionales, golpes militares, publicidad engañosa, traiciones, magnicidios, venganzas…, donde su protagonista es la República de Guatemala. Además, contaremos con la intervención especial de la CIA, del dictador Rafael Leónidas Trujillo y de su secuaz Johnny Abbes García. Damas y caballeros, con ustedes, Tiempos recios de Mario Vargas Llosa.
Es junio 27 de 1954. El presidente de Guatemala, Jacobo Árbenz Guzmán —el bueno—, pronuncia a través de la radio nacional su discurso de dimisión al cargo, tras la amenaza latente de una invasión militar por parte de los Estados Unidos. A partir de ese momento, Jacobo Árbenz vivirá en el exilio, de humillación en humillación, y su país sufrirá una ola de violencia que durará años, producto de la inestabilidad política.
¿Pero cómo llegamos hasta aquí?, ¿cómo es que un gobierno elegido por voto popular termina sometido a la voluntad de los gringos? Todo inicia porque la United Fruit Company –también conocida como la Frutera o el Pulpo– prende las alarmas al enterarse de que en Guatemala, país donde opera, subió al poder un supuesto «gobierno comunista», el de Juan José Arévalo (1945-1950).
La Frutera está preocupada porque el gobierno de Arévalo aprobó una ley que permite a los trabajadores y campesinos formar sindicatos, y además prohibió los monopolios rentísticos. Esta preocupación se acrecentará durante el siguiente mandato, cuando el sucesor de Arévalo, Jacobo Árbenz, impulse una reforma agraria que regula las tierras improductivas y grava con impuestos a los latifundistas, entre los que se encuentra la compañía bananera.
Para evaluar qué tan grave es la situación, la United envía a Guatemala a su jefe de relaciones públicas, Edward L. Bernays. Bernays hace una investigación a detalle en diferentes sectores de la sociedad guatemalteca, y encuentra que el dichoso fantasma del comunismo no recorre las calles de ese país. Los cuatro gatos que dicen ser comunistas ni siquiera saben lo que eso significa, ni la misma URSS le atina a saber dónde queda Guatemala.
Pero en cambio, descubre que hay un ferviente deseo por convertir a Guatemala en una democracia moderna, como los Estados Unidos, su ejemplo a seguir. Este interés genuino por democratizar al país representa el verdadero peligro para la Frutera. Sin los privilegios del monopolio que los han mantenido hasta ahora como amos y señores de esas fructíferas tierras y con la presencia de los sindicatos, empeñados en querer que los obreros gocen de derechos laborales, la United vería mermadas sus cuantiosas ganancias; incluso podría ser el principio de su fin.
Para contrarrestar toda esta movida progresista, el Pulpo, a través de Bernays, inicia una solapada campaña de desprestigio contra el gobierno de Guatemala. Para ello, siembra en la opinión pública norteamericana la cizaña de que allí se está incubando un estado comunista, y próximamente un enclave en el nuevo mundo de la Unión Soviética. El gobierno gringo — el malo— compra el cuento de Bernays y lento, pero cada vez con más entusiasmo, allana el camino para meter sus narices en el país centroamericano.
En esta parte de la historia entra en escena el coronel Castillo Armas, alias Míster Caca –el feo–. Él es el ungido por parte de la CIA para liderar el golpe de Estado que derrocará a Jacobo Árbenz, que ya se encuentra en el poder. De manera secreta, y a la vez no tanto, comienza a preparar la invasión desde Honduras, donde la United lo ha instalado con todos los gastos pagos.
Como EE.UU. solo le proporciona hombres, armas y la logística militar para llevar a cabo la invasión, Castillo Armas requiere un patrocinador adicional que le aporte cash a su cruzada «liberacionista». Viaja entonces hasta República Dominicana, y allí se reúne con el general Rafael Leónidas Trujillo. Tras comentarle sus planes, el generalísimo le responde:
—Porque no me habías dicho antes, ala, qué falta de confianza la tuya. Ya mismo te hago contar unos dolaritos.
Por supuesto, la ayuda del dictador no es gratis. A cambio, solicita tres favores tan pronto Castillo Armas llegue al poder. El primero es entregarle vivo a un general que intentó derrocarlo y ahora vive como si nada en Guatemala. El segundo, ser invitado oficialmente a Guatemala, y el tercero, ser condecorado con la Orden del Quetzal[1]. Al asumir la presidencia, Castillo Armas olvidará su pacto con Trujillo, razón por la que, al menos en esta novela, será asesinado en 1957 en el Palacio Presidencial a manos de Abbes García.
La CIA da luz verde para que las tropas golpistas invadan Guatemala; sin embargo, en un primer momento las cosas no salen como se esperaban. El ejército guatemalteco logra repeler el avance de las tropas y controlar la situación sin mucho esfuerzo. Como el panorama no pinta bien para los dirigidos por Castillo Armas, la CIA ordena atacar por aire, bombardeando la capital del país y algunas bases militares.
Tras el bombardeo, el ejército guatemalteco se ve amedrentado; su escasa defensa aérea resulta inútil ante la aviación liberacionista. Esta situación merma la confianza del ejército en sus efectivos, provocando en cuestión de horas una decena de desertores. Por su parte, el presidente escucha con atención los últimos informes y confirma lo que ya sospecha. Los golpistas han ganado terreno tras los ataques aéreos, los muertos aumentan, el país entero está aterrorizado y, para finiquitar el asunto, el ejército le ha dado la espalda.
En esta novela, Vargas Llosa plasma con sincronía una apasionante red de ficciones y realidades, construyendo un relato histórico donde la tergiversación de los hechos, por fantástica que parezca, bien pudiera ser cierta. Aquí el poder, la manipulación y la mentira son las claves para entender cómo un reducido grupo ejerce el control de la información y las opiniones de un país.
Con su afamado estilo de diálogos entrecruzados e historias paralelas que se conectan en algún punto, Vargas Llosa nos narra un entramado de conspiraciones internacionales, que responde a los mezquinos intereses de unos pocos. Irónicamente, algunos de ellos terminarán siendo víctimas de su propio invento. Quién hubiera imaginado que después de participar en complots y asesinatos, se acabaría de la misma manera.
Al terminar Tiempos recios, da la sensación de que en América Latina, después de casi sesenta años, las cosas no han cambiado mucho. Noticias falsas replicadas por medios de comunicación sin rigor periodístico, empresas extranjeras apoderándose de los recursos naturales, personajes deleznables que anteponen sus bajezas al progreso de un pueblo y los Estados Unidos interviniendo en los gobiernos y ordenándoles qué hacer. ¿Es 2026 o 1950?
[1] Máxima distinción otorgada por el gobierno de Guatemala.
