Escrito por: Leni Murcia Naranjo
Hablar de autonomías alimentarias es, para mí, hablar de la vida misma. No desde la abstracción de los conceptos jurídicos, sino desde el olor del maíz cocinándose a fuego lento, desde la memoria que habita en las manos que amasan, desde la dignidad que se sirve en un plato. La alimentación, cuando se mira con atención, deja de ser un acto cotidiano para convertirse en una declaración profunda de quiénes somos, de dónde venimos y de cómo resistimos.
Las autonomías alimentarias (en plural, porque son diversas, amplias y hasta coloridas) es la posibilidad de decidir sobre lo que nos nutre, pero también es la capacidad de sostener la memoria en medio de un mundo que insiste en uniformarnos. En Colombia, esa autonomía no está escrita únicamente en normas o tratados internacionales, está viva en la cocina, en los fogones de leña, en los mercados campesinos, en las recetas que no se escriben, pero se heredan. Las autonomías alimentarias son palpables, reales, sabrosas, porque están en la mazamorra que se comparte en silencio, en el ajiaco que convoca a la familia, en el tamal que requiere tiempo, paciencia y encuentro.
En estos días, he pensado en las autonomías alimentarias no como un discurso sino desde la cocina de mi madre y de mi abuela. Vean, por ejemplo, apreciados lectores, que hay algo profundamente conmovedor en la mazamorra, su sencillez no es pobreza, es sabiduría, es el maíz (ese mismo que ha sido cultivado por siglos) transformado en alimento que abraza. Cuando se sirve con panela, no solo se endulza el paladar, se endulza la memoria. Allí hay territorio, hay historia, hay una forma de entender el mundo donde lo suficiente es también lo digno. La mazamorra no compite, no se exhibe, no se industrializa fácilmente; resiste, y en esa resistencia hay una forma de autonomía.
El ajiaco, en cambio, emociona desde la complejidad. Variedades infinitas de papa conviviendo en una misma olla, como si nos recordaran que la diversidad no es un problema, sino una riqueza. Las guascas, discretas pero imprescindibles, son como esos saberes invisibles que sostienen la vida sin hacer ruido. Comer ajiaco es, de alguna manera, reconocerse en el territorio andino, entender que la tierra no solo produce alimentos, sino identidad. Y cuando ese plato llega a la mesa, no llega solo: trae consigo la historia de quienes sembraron, de quienes cuidaron la semilla, de quienes aprendieron a cocinarlo mirando a sus mayores.
El tamal es otra cosa. El tamal es comunidad. No se hace solo. Requiere manos, conversación, tiempo compartido. Envolverlo en hoja de plátano es un gesto que parece simple, pero que encierra una relación profunda con la naturaleza. No hay desperdicio, no hay exceso (ni plástico), hay equilibrio. Y cuando se abre un tamal, no solo se descubre un alimento, se despliega una historia colectiva, una forma de organización, una manera de estar juntos.
Pensar en estos platos también me lleva inevitablemente a pensar en las mujeres rurales. A esas mujeres que, sin nombrarse así, han sido guardianas de la autonomía alimentaria. Ellas sostienen la cocina, pero también sostienen la vida. En sus manos está el conocimiento de las semillas, el tiempo de cocción, el equilibrio de los sabores. En sus cuerpos está inscrito el trabajo invisible del cuidado. Y, sin embargo, muchas veces no están en las estadísticas, no están en las políticas, no están en los reconocimientos. Pero están, siempre están, haciendo posible que las autonomías alimentarias no sea un discurso, sino una práctica cotidiana.
Hay una tensión inevitable entre estas formas de vida y un modelo que busca estandarizarlo todo. La agroindustria, los monocultivos, la pérdida de semillas nativas, no son solo problemas económicos o ambientales, son también amenazas a la memoria, a la identidad, a la posibilidad de decidir cómo alimentarnos. Por eso, cuando defendemos la autonomía alimentaria, no estamos defendiendo únicamente el derecho a comer, estamos defendiendo el derecho a existir desde nuestras propias lógicas, desde nuestros propios tiempos, desde nuestros propios sabores.
Las autonomías alimentarias se erigen como una forma de resistencia frontal frente al exceso de plástico, la cultura del “paquetico” y la expansión de alimentos ultraprocesados cargados de azúcares, gluten y sodio. No se trata solo de una discusión nutricional, sino de una disputa ética y política contra una industria que diseña sabores en laboratorio para capturar el deseo, generar dependencia y convertirnos en consumidores perpetuos, muchas veces desconectados de la tierra, del origen de los alimentos y hasta de los límites del propio cuerpo.
A veces pienso que la autonomía alimentaria también se siente. Se siente en el calor del fogón, en el sonido de la olla hirviendo, en la conversación que acompaña la preparación de los alimentos. Se siente en la tranquilidad de saber de dónde viene lo que comemos, en la certeza de que hay una historia detrás de cada ingrediente. Y también se siente en la tristeza cuando esas prácticas se pierden, cuando las recetas se olvidan, cuando la tierra deja de cultivarse.
Escribir sobre esto no es solo un ejercicio académico, es un acto profundamente personal. Porque todos, de alguna manera, tenemos un plato que nos conecta con nuestra historia. Y en ese plato hay más que alimento: hay afecto, hay identidad, hay territorio. Tal vez por eso la autonomía alimentaria no puede reducirse a cifras o indicadores. Tiene que ser pensada también desde las emociones, desde la memoria, desde el cuidado. Hoy, como ya lo dije previamente, pienso en mi madre y mi abuela… ¿Qué sería de mi vida sin esas recetas con las que me han amado cientos de veces?
En un mundo que avanza con prisa, detenernos a cocinar, a compartir, a recordar, es también una forma de resistencia. En esa resistencia, la cocina colombiana nos enseña que la autonomía no siempre se grita, a veces se cocina, se sirve y se comparte en silencio, pero con una fuerza que atraviesa generaciones.